Como bajarse los pantalones sin sonrojarse

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Como bajarse los pantalones, sin sonrojarse.

«Pedro Sánchez obviará las ofensas, las chulerías y el menosprecio de Podemos»

Si Pedro Sánchez no estuviese dispuesto a negociar con Podemos, si ése no fuese su plan B para después de la investidura suicida, no se habría tragado la agresión destemplada, arrogante y provocadora de un Pablo Iglesias en su peor y más sobreactuada versión de matón de tertulia. La arremetida contra el pasado gonzalista, en el que el PSOE ancla su tradición más orgullosa, irritó sobremanera a todo el partido, pero más todavía el modo con que el candidato la soslayó para implorarle el voto con la mano tendida. Esa actitud achicada, ese apocamiento forzoso y humillante ante los repetidos desplantes del líder populista obedecía a la plena conciencia de una inmediata necesidad política. No la de obtener en la votación un apoyo que sabía denegado sino la de mantener abierta la línea de diálogo que, si no le conduce a la Moncloa, le garantice al menos la primogenitura socialista.

Sánchez y los suyos van a hablar con Podemos, y mucho, de aquí a mayo. La alianza de izquierdas era el plan inicial que le hizo calificar de «resultado histórico» una clamorosa derrota y le llevó a hacerse una foto en Lisboa. Las altaneras condiciones de Iglesias le han hecho comprender que el pacto es muy difícil, y a partir de esa evidencia cambió de objetivo: si no podía obtener la Presidencia trataría de atornillar al menos su propio liderazgo. Por eso se acogió a la oferta de Albert Rivera y aceptó someterse a un simulacro de investidura. El siguiente paso de la estrategia que ha ido improvisando consiste en dejar que corra el reloj que ha puesto en marcha; bien para que el vértigo preelectoral ablande la exigencia podemita o para, en el peor de los casos, llegar al final de la cuenta atrás como candidato virtual que nadie pueda cuestionar en su partido.

La decisión de conservar el acuerdo con C´s como base de negociación parece sugerir una apuesta por la segunda vía. Sánchez ya sabe que el chamán de la extrema izquierda se siente con fuerza para desafiarlo en unas nuevas elecciones, pero aun en esa desconfianza está dispuesto a mantener la negociación para no ceder el sitio que se ha ganado. Ni por asomo piensa en una aproximación al PP, la ensoñación con la que sigue ilusionándose la derecha sociológica. La presión que le importa no es la exterior sino la interna, y ésa se la quiere sacudir agarrándose a Iglesias siquiera como expectativa. Si a medida que pase el tiempo viese una oportunidad medio honorable de pactar, pactará, aunque sea en un giro de última hora que deje descolgado a Rivera. Su prioridad, no obstante, es prolongarse como candidato, afianzar la posición de relevancia que se ha procurado tras la espantada marianista.

Y sí: en caso de encontrar un resquicio de entendimiento, lo aprovechará. Obviará las ofensas, las chulerías, el menosprecio. No va a renunciar a su sueño presidencial. Aunque tenga que dormirlo sobre un saco de cal viva.

Ignacio Camacho ( Periodista Digital )

Viñeta de Ricardo ( El Mundo )

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