EL CURRÍCULO DE CRISTINA, EL IMPLANTE DE ALBERT

sombrasde

EL CURRÍCULO DE CRISTINA, EL IMPLANTE DE ALBERT

Nunca se me ocurrió mirar el currículo de nadie y con cinco minutos de entrevista solía bastarme para saber si me convenía contratarle. Nunca se me ha ocurrido presumir de los títulos académicos que no tengo, ni siquiera tenerlos para presumir de ellos. Me parece de narcisistas inseguros necesitar los títulos para acreditar la propia valía. Algo así como el implante que se hizo Rivera para seguir pareciendo hermoso y hacerse el homologado para el siglo XXI.

Los hombres libres confían en su talento, en lo que hay de original en ellos, en la Gracia que les eleva. “Niño, sube a la suite dos anisetes, que hoy vamos a perder los alamares. De purísima y oro, Manolete cuadra a Islero en la plaza de Linares”. Hay algo peor que el engaño de falsificar un máster, que es la humillación de vivir pensando que lo necesitas para prestigiarte.

Forma parte de la lacra de lo que Ciudadanos es y representa este vivir nuestro tan pendientes del espejo, de los adornos, de lo superfluo. Forma parte de los linchamientos de cualquier totalitarismo poner en el microscopio en la vida ajena. Son tiempos aciagos, mediocres, chatos. Pero aunque ahora cueste creerlo sólo el talento prevalece y cualquier simulacro va a derretirse más temprano que tarde como el maquillaje de Aschenbach en Muerte en Venecia.

Lo que ha sucedido con Cifuentes tiene que ver con su propia mediocridad, con su aparatosa vulgaridad, con el daño que le ha hecho el daño de vuelta que ella hizo a tantos compañeros suyos. Hay un lugar -Torrente Ballester lo dice- donde da la vuelta el aire, el aire que hoy mismo se va a llevar a Cristina por delante.

Lo de Pablo Casado tiene otras profundidades. Ha podido demostrar que hizo los trabajos propios de su máster y no sólo ha dejado en evidencia a la expresidenta de la Comunidad de Madrid (si todavía no ha renunciado, es cuestión de horas) sino que ha dejado gritando sin causa a la terrible España del resentimiento y de la envidia. Son los que le insultan por la flexibilidad con que puedo sacarse el título. “Esto a mí no me lo permitirían”, grita el coro de iracundos. Yo que siempre he creído que la la igualdad es mentira y que el igualitarismo es atroz, entiendo que las personas especiales merecen tratos especiales. Creo que fue en 1987 cuando entré por última vez en un local sin tener asegurado un trato especial.

Hay una España negra, de terrible atraso, que “todo lo que brilla en este mundo, tan sólo le da caspa y le da envidia”. Hay una España Puerto Hurraco, inframental, que vive para convertir su dolor en el gran dolor del mundo. Es esta España que arremete, que embiste: hoy contra Pablo Casado y mañana contra cualquiera que insista en no vivir revolcándose en el asco.

Es esta España de bajo vientre a la que apelan los populismos de Podemos y Ciudadanos; y el populismo de Cristina Cifuentes, del que ahora ella misma ha sido víctima. Es esta España que tenemos que superar, la que de un modo más letal nos condena a nuestros peores demonios. Es la España que pierde el tiempo fijándose en lo que no importa, hasta que viene un listo -¿qué otra cosa que listillos de bar y medio son Pablo o Albert?- y convierte la más vulgar superficialidad en el ariete de su totalitarismo. A fin de cuentas, es mucho más fácil morir como un estúpido si ya vienes estúpido de casa.

La transparencia, la honestidad, la honradez, la coherencia o la pulcritud intelectual son valores no sólo apreciables sino necesarios para una convivencia y una libertad de una cierta calidad. Pero por el modo que hemos tenido de retorcerlos, de banalizarlos, de usarlos como arma arrojadiza contra los demás, los hemos convertido en munición de la peor gentuza, en la carraca de los más odiosos charlatanes, en el pus del resentimiento social que azuza las peores violencias, físicas y morales. Y tú que te crees tan listo -¡otro listo!- es precisamente lo que vas a votar.

Salvador Sostres ( ABC )

viñeta de Linda Galmor