De mujer en estado a mujer de estado

verguenza

De mujer en estado a mujer de estado

Las vueltas que da la vida… Estrenamos año. Pónganse mentalmente en el estreno de cualquier año del pasado reciente, el que quieran: 1990, 1998, 2002… ¿Quién nos iba a decir que al cabo de poco tiempo el honorable Pujol iba a dejar de serlo para pasar al banquillo de los acusados por su mangoleta de la Caleta, o que Don Juan Carlos ya no iba a estar de vacaciones en Baqueira y que desde luego no iba a acompañarle la Infanta Doña Cristina, porque ya no era Rey, pues había abdicado en el Príncipe de Asturias? Y esperen, que hay más: ¿quién habría de decirnos que íbamos a echar de menos como grandes hombres de Estado y defensores de la Unidad de la Patria a Felipe González, sí, el Hombre X de los GAL, y a Alfonso Guerra, sí, el de los cafelitos de Mienmano? Y a Suárez, ni te cuento, a pesar del error, inmenso error, del «café para todos» en las autonomías y de entregar Educación a los separatistas. Y a Aznar, ni te digo, a pesar del error de ir a retratarse en las Azores, con los anticiclones políticos que se forman allí…

Pues en esa situación estamos, o por lo menos anda servidor al comenzar este año de gracia del Señor (del Gran Poder) de 2016. En esta composición de lugar que me he planteado como si, Ad Maiorem Dei Gloriam, empezáramos el año con unos ejercicios de san Ignacio, pero laicos, como la Navidad de las alcaldías en manos de Podemos y Asociados. Lo que menos me podía imaginar es que echáramos en falta aquí a una izquierda y a un centro políticos con sentido de Estado, al modo de Suárez o González. Si a Fraga le cabía el Estado en la cabeza, ellos lo llevaban en el alma y le tenían puesto el mismo nombre con que lo conocemos muchos: España.

Pienso todo esto llevado por los vientos que desde Ferraz soplan hacia el Palacio de los Montpensier en la dalia de Sevilla. A la vista del estropicio patrio que puede organizar esa fotocopia de Zapatero falta de tóner que es el tal Sánchez, se nos aparece Susana Díaz no sólo como baronesa del PSOE, sino como mujer de Estado, en igualdad de género con los hombres de Estado citados. Cuando el dedazo de Griñán la dejó en el sillón de San Telmo por lo negro que se columbraba el horizonte penal que se le venía encima («¡ojú, la que viene por ahí, no va a caer ná!»), era una mujer en estado.

En estado de buena esperanza, como el cabo que daba nombre al transatlántico de la compañía Ybarra. Susana Díaz la trianera, la del Tardón, la que habla como su vecina la Pantoja, iba a tener un niño. Pero las cosas se han rodado de modo y manera que de mujer en estado, embarazada, ha roto aguas y ha dado a luz un niño, pero también ha roto en mujer de Estado. Susana Díaz, si no en la cabeza, sí parece que lleva el Estado, o sea, la Patria, en el alma, y se nos ofrece como expresa e inmediata garantía de la unidad de España ante las locuras de Sánchez, ZP Bis, que con tal de tocar balón y alcanzar el Gobierno es capaz de pactar con todos los que están dispuestos a romperla: ora perroflautas institucionalizados y convertidos en Castuza; ora comunistas de todas las observancias; ora camisas negras mussolinianas de los separatistas de ERC; ora coletudos de Podemos… podemos cargarnos España prometiendo y otorgando un referéndum secesionista a los de la continua sedición catalana… ¡Menudo rebujito y menudos ingredientes para el yintónic del poder! Si Díaz andaba en estado de buena esperanza cuando cumplía lunas para que le naciera el niño, no se me caen los anillos por reconocer que sigue estándolo: ahora esperando que no rompan España. Aquel viejo combatiente del 36, cuando le dijeron que a su hijo soldado lo habían ascendido en la mili, exclamó: «¡Cómo estará el Ejército, que a mi hijo lo han hecho cabo! ¿Para esto hicimos una guerra?». Lo mismo digo yo ahora: cómo estará España, que nuestra esperanza es Susana Díaz. ¿Para esto hicimos una transición?

Antonio Burgos ( ABC )

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