Defender la belleza

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Defender la belleza.

El larguísimo panfleto autolaudatorio ‘Defender la belleza’ tiene dos cualidades: retrata a un ser, Pablo Iglesias, tan mediocre intelectualmente, tan lerdo estéticamente, tan insensible al ridículo que su sentimentalismo cursi (un cursi es un discapacitado intelectual que fuerza el postureo estético) provoca en el lector un escalofrío. El que produce la otra cara de lo feo en política: la necesidad de una enorme violencia para hacerlo pasar por bello.

El marxismo es la religión de la justicia a través del terror, de ahí su gancho entre cristianos sin fe. Si Babeuf era un Saint Just fuera de temporada, Lenin fue el terrorista científico barruntado por Dostoievski en ‘Los demonios’, el padre del revolucionario profesional de Julián Gorkin.

Lo que no vemos en Marx, Lenin o Trotski es cursilería. Crueldad, toda; cursilería, ninguna. Iglesias trata de compensar su indigencia teórica apelando a un ternurismo de secta y a una justificación “estructural” de la violencia típicamente comunista o nazifascista. Citar a Weber para justificar la purga del segundo de su segundo es propio de un discapacitado intelectual. Alguien que habla de la “belleza de su proyecto” es un cursi que, para hacerse respetar, nos fusilaría a todos.

Federico Jiménez Losantos

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