DEL BULO, LA BULA

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DEL BULO, LA BULA

Este jueves murió Mame Mbaye, senegalés sin papeles, de 35 años, en una calle del barrio de Lavapiés. La autopsia indica que tenía un corazón gravemente enfermo. Mbaye hacía de mantero y tras su muerte empezó a decirse que la Policía lo perseguía cuando murió. El bulo causó disturbios en el barrio y reacciones políticas encontradas. La primera obligación es fijarse en las características del bulo. El protagonista es un hombre que se dedica a una actividad ilegal tolerada de modo intermitente por las autoridades. El bulo no dice que algún Policía lo golpeara al tratar de detenerlo, ni advierte ningún exceso, deliberado o fortuito. No hubo, según la especie que corrió, ningún contacto físico. El bulo sólo alude a la persecución. A unos policías que corren detrás de un inmigrante hasta que cae.

Los propaladores más destacados del bulo fueron simpatizantes, militantes o dirigentes del partido Podemos. Destacó en la tarea uno de sus fundadores, Juan Carlos Monedero, comentarista en la cadena Sexta: “Ha muerto Mame Mbaye, un joven perseguido por la Policía. ¿No basta con ser inmigrante?”. Ramón Espinar, portavoz en el Senado, aseguró: “No hemos estado a la altura de los Derechos Humanos, fracasamos como democracia”. Una concejal, Rommy Arce, señaló a la “xenofobia institucional” y en pleno asalto al cielo otro concejal, García Castaño, culpó al “sistema capitalista”. Pablo Iglesias se refugió, según costumbre, en el anacoluto moral, casi humorístico: “Es inaceptable que un vecino de Lavapiés que trabaja para vivir tenga que salir corriendo y morir de un infarto”. Y la alcaldesa Manuela Carmena, sus labores, dijo que abriría una investigación.

Del otro lado, la reacción fue unánime. Bulo. Lo dijeron la Policía, los partidos políticos de la oposición y los medios responsables. Era explicable que lo dijeran. El círculo podémico estaba organizando una clásica operación de posverdad, de hechos alternativos, a la manera de Steve Bannon o Kellyanne Conway. Hay quien se confunde cuando afirma con desdén que la posverdad es lo que antes se llamaban mentiras. Una pedantería más de nuestra época. No es así. Hay una gran diferencia entre George Bush Donald Trump. Bush mintió a los ciudadanos de su país cuando dio por seguro que Irak almacenaba armas de destrucción masiva.

Es decir, Bush aún mentía. Trump, simplemente, cree y patrocina que la verdad no existe. De ahí que sus afirmaciones no puedan ser combatidas sólo a la manera tradicional, mediante el fact-checking. Cuando sus colaboradores hicieron correr que una multitud negra había sacado a un hombre blanco de un coche y le habían dado una paliza por votar a Trump, lo más fácil fue desmentir la veracidad del rumor. Los trampianos habían utilizado un viejo vídeo que mostraba una discusión de tráfico. Pero eso era lo de menos. Lo que no podía desmentirse, porque no forma parte de las condiciones lógicas que exige la operación de desmentir, es que una multitud de negros pudiese sacar a un hombre blanco de su coche por haber votado a Trump.

El hecho alternativo no pretende suplantar la verdad con la mentira, una operación que aún conserva cierta nobleza de familia. Su objetivo es más sofisticado y radical y consiste en obtener mediante lo verosímil los mismos efectos que con lo veraz. Lo más importante no es saber si, en efecto, un hombre blanco fue apaleado o no por votar a Trump. El auténtico bulo letal es el que está velado. En este caso, y en esta América, que un hombre blanco podría ser apaleado por negros por votar a Trump. El bulo resistirá, por influjo de la verosimilitud, a la demostración de la falsedad del hecho. Incluso personas convencidas de que el hecho no existió darán por bueno, tácitamente, que el hecho podría existir. El influjo propagandístico está asegurado. Y los efectos de esta suplantación superan, probablemente, los del conocido síndrome de perseverancia, que nos hace aferrarnos a nuestras creencias a medida que los datos van descartándola.

De ahí que no baste con que las gentes honradas digan que la muerte por persecución fue un infecto bulo podémico. Además las circunstancias del suceso ni siquiera pueden ser documentadas con la drástica precisión del vídeo trampiano. Mbaye era mantero. Y veinte minutos antes de morir en su calle de Lavapiés estaba en la Puerta del Sol, aunque sin vender, sin hatillo y sin manta, mientras la Policía actuaba contra algunos de sus compañeros. Es fácil mentir con estas delicadas verdades. De acuerdo: la Policía no lo perseguía y se trata de un burda adjudicación de causa/efecto. De un bulo.

Pero la circulación de la categoría buloya colma las expectativas de sus propagandistas. Si la reacción de la gente razonable pone el acento obsesiva y limitadamente en la existencia de un bulo, de algo que si fuera verdadero sería vergonzoso e intolerable, una conclusión despunta indemne y consolida el marco moral que han diseñado los propaladores: la Policía no debe perseguir manteros. Cuanto más se demuestre que la Policía no persiguió al mantero más se establece, con la colaboración inusitada de la gente razonable, que la Policía no debe perseguir manteros, ¡porque es verosímil que la persecución policial mate manteros! Ahí va una prueba del éxito estratégico. El informativo 24 horas de TVE titulaba ayer en su web: “Lavapiés clama contra el racismo tras la muerte de un mantero. ‘Los persiguen por querer sobrevivir'”. Un ejemplo no sólo del éxito del bulo sino también del sórdido e inesperado maridaje entre la posverdad y la cadena pública.

Hace cuatro años que los círculos podémicos empezaron a embrutecer la convivencia española. Han logrado ser parte destacada del debate público y hoy participan en instancias diversas del gobierno de este país. No es, exactamente, que su presencia haya podemizado las instituciones políticas, la Justicia o los medios. El partido Podemos lo es la expresión de la previa deforestación intelectual y moral de una parte de la población española. Nadie ecuánime puede encontrar un serio signo positivo en su actividad parlamentaria o en el gobierno de grandes ciudades. Pero para eso los eligieron sus iguales. El partido Podemos ha basado su crecimiento en el bulo y es un bulo en sí mismo. La obligación de los demócratas, sin embargo, no solo es desmentir sus mentiras sino desactivar las verdades, tan repugnantes como decisivas, de sus hechos alternativos.

Sí, hubo bulo. Pero, sobre todo, porque la Policía debe perseguir a los manteros.

Arcadi Espada ( El Mundo )