” DESENGÁÑESE, CIFUENTES, VIENEN A POR NOSOTROS “

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” DESENGÁÑESE, CIFUENTES, VIENEN A POR NOSOTROS ”

Por el momento, la cabeza de la presidenta madrileña sigue sobre sus hombros. Pero la espada de Damocles pende sobre ella como una amenaza cercana. En su ayuda pasajera, ha acudido como agua de mayo, la multiplicación de fraudes de esta naturaleza. Señaladamente los del secretario general del PSOE madrileño,José Manuel Franco, y los de uno de los portavoces de Cs en la Asamblea de Madrid, César Zafra, e incluso la portavoz de Podemos, Lorena Ruiz-Huerta, ha sufrido un rasponazo. Pero también la posición mayoritaria de la militancia del PP.

En consonancia con el discurso de clausura de Rajoy en la malograda convención nacional de Sevilla, una gran parte del partido está por bajarle los humos a Albert Rivera. Quieren ponerle en el brete de dejar de ponerse de lado y que afronte, si es capaz, la responsabilidad de entregar la Comunidad de Madrid a la misma izquierda que ya gobierna el Ayuntamiento capitalino.

De aquí al día -aún por fijar- de la moción planteada por el PSOE, con un Ángel Gabilondo al que ha arrastrado a empujones Pedro Sánchez, Rajoy y Rivera pudieran escenificar una versión política del suicida divertimento -“Juego del gallina le llaman”- de James Dean en Rebelde sin causa. Los pilotos en liza aprietan el acelerador rumbo a un precipicio y pierde aquel que se baja el primero del coche en marcha.

En los prolegómenos, cada uno asienta las posiciones asegurando, como ha hecho el dirigente de Cs Juan Carlos Girauta, que ellos pueden votar junto a Podemos la moción contra Cifuentes. “¡Qué tontería es esa de que no podemos hacerlo!”, proclamó. Pero saben que acelerar de modo tan descontrolado puede suponer el apartamiento de ex votantes del PP que han recalado en sus aguas marítimas. No es cosa de que, al modo James Dean, deje un bonito cadáver (político). Pocos ven, desde luego, a Rajoy dispuesto a llegar tan lejos, pues no está en sus genes, en medio de una situación tan inestable y con los Presupuestos Generales en el aire, a la espera de que el PNV comparezca con su voto favorable.

Entre tanto, el presidente del Gobierno le da oxígeno a Cifuentes para ganar tiempo antes de tomar una decisión definitiva sobre el futuro de ésta (y de él mismo). En cualquier caso, y salvo designio contrario de los dioses del Olimpo, el dilema de la presidenta madrileña estriba en saber si aguanta hasta las elecciones, en las que no sería candidata a la reelección, o se precipita su relevo en días.

No hace falta evocar cómo el ex ministro de Justicia Mariano Fernández Bermejo abandonó un día el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo al grito de “¡Torero, torero!” y los mismos compañeros socialistas que lo sacaron a hombros terminaron arrojándolo al río de los cesados. Constató lo perecederos que son los respaldos de los presidentes de clubes de fútbol y de partido. Así los aplausos de Sevilla se pueden tornar en pañolada para Cifuentes en cuanto Rajoy gire hacia abajo su dedo pulgar.

En todo caso, Cifuentes evitará hacer de su marcha una cuestión de honor. No hará como aquel destituido ministro de Comercio de Franco, el vasco Manuel Arburúa, quien se armó de valor y de modo implorante le rogó a Su Excelencia, aprovechando una recepción, que le explicara en qué había podido fallarle al Caudillo. Franco le cogió cómplicemente del brazo y le deslizó al oído como si se tratara de hacerle una confidencia de Estado: “Desengáñese, Arburúa, vienen a por nosotros”.

Francisco Rosell ( El Mundo )