DESFACHATEZ INTELECTUAL

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DESFACHATEZ INTELECTUAL

El siglo XX parece no alejarse nunca. Aquel trágico desplazamiento de lo religioso hacia lo político que fue su esencia es hoy aún la inspiración intelectual de profesores y políticos para los que el gulag, el lager o el laogai son realidades que nada tienen que ver con la ideología que los instauró sino con la perversa aplicación de un “ideal imbatible, se mire como se mire”.

Profesores para los que “la política tiene raíces morales” y la ideología es “una forma de organizar nuestras opiniones sobre la política a partir de unos valores constitutivos”. Políticos, cuya principal “obligación” consiste en “enamorarnos éticamente de la trascendencia de nuestros valores”. Populistas ambos, ejemplos de la infantilización del parlamentarismo y la universidad de nuestros días. Ignacio Sánchez-Cuenca e Íñigo Errejón. Equiparables en su desfachatez, caricatura de la alianza entre el hombre de acción y el de ideas que tan trágicas consecuencias trajo en forma de utopías y revoluciones.

El político purgado pero aún parlamentario prologa una serie de textos periodísticos del ensayista y profesor de la Carlos III recopilados bajo el título de La superioridad moral de la izquierda (Lengua de Trapo y Ctxt). Ni el planteamiento ni el desarrollo son originales. Simples, más bien. Lo sorprendente, sin embargo, es que después del siglo de los totalitarismos haya alguien que se diga profesor de Ciencia Política y quiera fundar en su nombre una religión laica sustentada en la piedad y las buenas intenciones.

“La conexión entre moral y política”, escribe Sánchez-Cuenca en la Introducción, es lo que “me permitirá establecer la superioridad de las ideas de izquierda”, ya que, explica más adelante, “las personas de izquierdas tienen una mayor sensibilidad hacia las injusticias que las personas de derechas”. La izquierda, continúa en su delirio, “se caracteriza por ofrecer una concepción de la política basada en el perfeccionamiento moral”. El comunismo, concluye, “no es sino la proyección política, llevada al límite, de la intuición moral que late en el imperativo categórico kantiano”.

Sánchez-Cuenca y Errejón escriben, y ahí reside la fatalidad, para una sociedad que ha olvidado que la condición de ciudadanía conlleva una responsabilidad hacia la inteligencia. El ridículo acaba muy a menudo en el horror.

Fernando Palmero ( El Mundo )