DUELO A GARROTAZOS

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DUELO A GARROTAZOS

EL célebre cuadro de Goya cobró vida ayer en el Congreso de los Diputados en las personas de Pedro Sánchez y Mariano Rajoy, que emularon a las figuras del maestro sustituyendo los garrotes por palabras gruesas, rostros crispados y discursos ásperos, fruto de rancios rencores, absolutamente inútiles con vistas al interés común que ambos invocan. Duelo a garrotazos entre políticos representantes de los dos grandes partidos llamados a vertebrar España, que ni siquiera intentan disimular la insalvable aversión que se provocan mutuamente.

Un enfrentamiento enconado, a ratos agrio, por momentos pueril, propio de niños de guardería obcecados en el «y tú más». Si algo puede afirmarse tras el espectáculo al que asistimos en el Parlamento es que jamás habrá acuerdo alguno entre el PP y el PSOE mientras al frente de esas formaciones estén dos hombres cuya relación personal ni es mala sino peor. Una mezcla de odio y desprecio absolutamente incompatible con la fragua de un gran pacto entre fuerzas constitucionalistas como el que invocó acertadamente Albert Rivera y necesita perentoriamente esta nación amenazada de desguace.

El líder de los socialistas subió a la tribuna de oradores armado de un violento afán de revancha que se le asomaba a la expresión y destilaba, gota a gota, en cada palabra. Su demoledora intervención no pretendió otra cosa que vengar la afrenta sufrida en su investidura fallida, sometiendo a su rival a una dosis igual de amarga medicina de fracaso. Y tanto forzó la provocación que sacó del candidato lo peor, convirtiendo las réplicas y contrarréplicas en una tomadura de pelo para el conjunto de los españoles, rehenes de esa lucha estéril.

Con Rajoy y Sánchez al timón de sus respectivos partidos no hay ni habrá en el futuro la menor posibilidad de alcanzar un acuerdo de investidura y mucho menos elegir un gobierno estable en el marco constitucional. Su condición de agua y aceite nos condena a volver a votar en diciembre, sin la menor garantía de que las urnas resuelvan la endiablada aritmética parlamentaria actual, o bien a buscar fórmulas que creíamos felizmente superadas. Fórmulas que incluyen en la ecuación a nacionalistas echados al monte, abiertamente enemigos del principio de soberanía nacional recogido en la Carta Magna, y que supondrían ceder a su eterno chantaje a cambio de unos votos prestados.

Fracasado el segundo intento de investir a un presidente para el gobierno de España, ya que nada permite prever que en las próximas horas cambien las cosas, pueden producirse varios escenarios. De menos probable a más: que, en un alarde de patriotismo, Sánchez y Rajoy anuncien su retirada en aras de facilitar el consenso; que Sánchez vuelva a intentarlo de la mano de Podemos y previa aceptación de la infamante condición exigida por Tardá; que un probable revolcón socialista en las elecciones autonómicas vascas y gallegas provoque la caída de Sánchez; que se convoquen unas terceras elecciones y seamos el hazmereír del mundo.

Más allá de la votación final, que certificó el desenlace conocido de antemano, la sesión celebrada ayer permitió visualizar con claridad algunos de los peligros ciertos que se ciernen sobre la democracia española, como el veneno demagógico contenido en la retórica pseudo-revolucionaria escupida por los portavoces de Unidos Podemos o la desvergüenza con la que los separatistas catalanes y vascos desafían al Estado de Derecho reiterando su determinación de ignorar las resoluciones judiciales. Amenazas ante las cuales cobran sentido los 32 «síes» pronunciados finalmente por los diputados Ciudadanos, que deberían, no obstante, modular y calibrar mejor sus mensajes si vamos a una tercera campaña electoral, con el fin de no acabar diciendo Diego donde dijeron una y otra vez «digo».

Isabel San Sebastián ( ABC )

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