EJEMPLARIDAD

cifuentesm

EJEMPLARIDAD

Gandulia: un topónimo más para este país que se deshace. Otras veces lo he llamado Zangania. Tanto monta.

     El indígena español debería llamarse Homo festivus, porque se pasa la vida de fiesta en fiesta, de puente en puente, de vacación en vacación, de día de baja en día de baja, de bocadillo de media mañana en bocadillo de media tarde, de bar en bar, de caña en caña… Así nos va.

     La pereza era antes un pecado capital. Ahora es un derecho. Se censura, por aristofobia, a quien no lo ejerce. Así vamos.

     Me indigna la indignación suscitada por el ejemplo de diligencia y sentido del deber que en días tan convulsos como los que corren (cárceles, suicidios más o menos inducidos, corrupciones por doquier, secesionismos, golpismos, frentismos, podemismos, totalitarismos institucionales, crímenes pasionales, demagogias, pateras, refugiados de pacotilla, quiebras empresariales y bancarias, terror viario, terror fiscal, agonía del proyecto europeo, inquisiciones atizadas por la corrección política) acaba de dar Cristina Cifuentes. ¡Si todos los políticos fuesen como ella!

     No me refiero a su ideología, que por ser mayormente socialdemócrata, como la de su partido, no puedo suscribir, sino a su capacidad de trabajo, a su firmeza, a su decoro, a su evidente honradez, a su empeño en vivir de modo acorde con sus convicciones… Todo eso tiene nombre: se llama ejemplaridad. Eso que a nuestros hombres públicos, según el filósofo Javier Gomá, les falta.

     Mala cosa es que los derechos deriven a obligaciones. Eso también tiene nombre. Se llama totalitarismo.

     En Estados Unidos a nadie se le pasa por la cabeza tomarse un mes de asueto y tedioso far niente. Con quince días, como mucho, van que arden. En Japón, ni eso. En China, imaginen. Así les va. El paro, en esos países, apenas existe. Sus habitantes serán otras cosas, pero gandules y zánganos, desde luego, no son.

     Ya sé que muchos de ustedes, si leen esto, se ensañarán conmigo, como lo han hecho tantos en lo concerniente al anuncio de la Presidente (presidentE, no presidentA) de la Comunidad de Madrid, aunque yo, ajeno siempre al qué dirán, al qué escribirán y al qué escupirán, ni me enteraré. Bueno… Lo cierto es que hablo con la autoridad que me confiere haber renunciado desde hace bastante más de medio siglo a las vacaciones. Trabajo diez horas diarias trescientos sesenta y cinco días al año, y los bisiestos, uno más.

Da igual dónde esté: en un avión o en un autobús, en Castilfrío o en Conchinchina, en mi casa o en un hotel, al raso o bajo techo. Quienes comparten éste conmigo saben que no miento ni exagero. Las vacaciones me aburren. Las vacaciones atentan contra la dignidad de mi vocación. Ahora las llaman desconectar. ¿Desconectar de qué? ¿De la vida? Ya desconectaré cuando esté muerto. Por ahora voy a seguir trabajando… Hoy, mientras escribo estas líneas, es sábado. Mañana también trabajaré.

     Si no lo hiciese, no podría mantener a los míos.

Lo reitero: es cuestión de dignidad.

Fernando Sánchez Dragó ( El Mundo )

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*