El cambio

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El cambio

Desde que Felipe González ganó las elecciones generales por una mayoría absoluta en el año 1982 con el slogan “Por el cambio”, no hemos dejado de aspirar a otras mutaciones sucesivas cada vez que nos convocan a las urnas.

Vivimos subidos a un péndulo, y al ritmo de ese movimiento media España disfruta mientras que la otra media se entristece  cada vez que hay un cambio de gobierno, porque aún no hemos aprendido a valorar la importancia de la normalidad democrática, que se sustenta en la alternancia en el poder.

Por no hacer la lista muy larga les aseguro que darían medio riñón los rusos, los chinos, los coreanos del norte, los sudaneses, los etíopes, los guineanos, los cubanos y los venezolanos, por poder discutir cada cuatro años las bondades y los defectos de los dirigentes que aspiran a gobernar sus países. Serían felices si pudieran llamarles corruptos o inútiles sin riesgo de ser detenidos o aposentar sus huesos en sus lúgubres y húmedas cárceles.  

En nuestras imperfectas sociedades discutimos apasionadamente sobre quienes nos gobiernan y los ponemos a parir  con la pasión del desahogo,  pero este país se sientan legítimamente, en los escaños de nuestros parlamentos porque han  sido elegidos en libertad, gente de derecha y de izquierda, moderados o ultras, populistas e independentistas, ácratas y antiguos miembros de organizaciones terroristas.

Una panoplia así no existe en demasiados lugares, y sin embargo  la mitad de los españoles, según gobierne el que les guste o no, dice  que  somos un país es una mierda, y hacemos propaganda de nuestros errores porque lo que nos diferencia de nuestros vecinos es el desafecto que tenemos por nosotros mismos y nuestros compatriotas.

Esta mañana ha vuelto a amanecer, hoy incluso hace sol, y mucha gente casi se ha olvidado de que ha habido un cambio de gobierno en España. Los que lo tienen más presente son los que están recogiendo sus cosas de los despachos en los que trabajaban  y los que sueñan con ocupar sus puestos.

Unos se apuntarán paro y otros dejarán de estar en las colas del INEM. Unos lloran y otros ríen. Algunos están preocupados y otros celebran con champan o vino de garrafa que se haya ido Rajoy y haya llegado Sánchez.

La democracia jamás puede ser un drama. Siempre debería ser una oportunidad para la esperanza y en caso contrario lo será para la rectificación.

Hoy he leído una entrevista con Terry Guilliam , que en su última obra ha intentado matar al Don Quijote y lo ha conseguido haciéndose pasar por Sancho.

Según dice en sus respuestas “Solo el que tiene recuerdos puede descansar sobre ellos” , y me ha parecido una reflexión a tener en cuenta.

La memoria ayuda a reconocer que la comedia es más divertida que el drama porque derriba los dogmas, permite que nos riamos de los que se visten de una insoportable trascendencia y nos hace pensar.

A mi edad sigo siendo un romántico de la vida más que de las persona, y por eso hace mucho tiempo que dejé de preocuparme por tener una opinión diferente a la de la tribu.

Diego Armario

viñeta de Linda Galmor