EL DIABLO

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EL DIABLO

Monseñor Munilla ha dicho que con el feminismo el diablo ataca a la mujer desde sus propias filas. El obispo de San Sebastián ha diferenciado entre el feminismo “femenino”, que busca la igualdad jurídica y legal entre hombres y mujeres, y el “radical o de género”, que pretende equiparar en todos los aspectos a ambos sexos.

La diferencia entre feminismos es justa y necesaria -y es clamoroso que os la haya tenido que hacer un obispo, ¡idiotas!- y si el primero protege a la mujer el segundo la destruye.

Pero lo que es verdaderamente extraordinario es usar al diablo como argumento. Hablamos muy poco del diablo y así le ayudamos en sus planes. Su mayor astucia, Baudelaire lo dice, es hacernos creer no existe. El profesor Manel Erencia, mi tutor de Quinto de lo que un día se llamó EGB, me dijo ayer que damos demasiadas explicaciones a los niños y que muchas veces ya los hechos en sí mismos son suficientemente explicativos.

Es lo mismo a lo que se refiere monseñor Munilla cuando nombra al diablo. Sobra psicología barata y falta miedo real al diablo, que existe y nos busca, por mucho que su estrategia se base en disimular. Falta temor de Dios, conciencia del mal, intuición de lo maligno. Falta sensualidad del bien, una relación más física con el agradecimiento.

El feminismo ha llegado a tal extremo de bajeza que por mucho que deformemos el lenguaje no basta para expresar el asco. Ya sólo queda el diablo, ponerle ante el diablo que encarna como al niño ante el hecho atroz que no necesita ser explicar. Difuminar el mal no sirve para extirparlo, sino para atontarnos y hacernos creer que es menos urgente nuestro deber de combatirlo.

Hay que nombrar al diablo, arrancarlo de los cuerpos y cosas donde se esconde y mostrarlo con toda su maldad, con todas sus artimañas, con toda su capacidad de hacernos daño: hay que vivir de cara. De cara a Dios y de cara al diablo, de cara a la gloria y de cara al abismo, con nuestra humanidad frágil y temblorosa, con nuestra esperanza, con la ternura que cura y que salva cuando nos asusta la soledad.

El diablo, sí, incrustado en el feminismo que es un resentimiento, un revanchismo, un detallado mapa del mal, el diablo haciéndonos creer que no existe pero le hemos encontrado y nuestro mejor modo de explicarlo es arrancarlo, exhibirlo, sin decir ni una sola palabra hasta que a las mismas mujeres se les caiga de la cara de vergüenza por lo que se han dejado hacer.

Salvador Sostres ( ABC )