El Jovencito Frankenstein

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El Jovencito Frankenstein

Menuda tarde la de ayer. Que si Rajoy se va, que ni de coña, que el canario puede no votar a favor, que el presidente ha ido a Zarzuela, que la mujer de Aitor el del Tractor ha inclinado la balanza, que Sánchez no quiere saber nada de un gobierno de coalición con Podemos, que los barones del PSOE están que echan los dientes… Todo fueron conjeturas hasta que los aprovechateguis vascos dijeron que estaban por la labor de llevar al jovencito Frankestein a la presidencia del gobierno.

Era la confirmación a un derrumbe absurdo pero perfectamente descrito en la tradición española: hacer del más insospechado poco menos que una referencia merced a carambolas circunstanciales. Son las siete y media de la tarde, y a estas horas, cuando escribo este suelto, Pedro Sánchez, líder de un grupo de ochenta y pocos diputados, puede acostarse creyéndose presidente del Gobierno de España. Le apoya, como dice Rosa Díez, todo un selecto grupo de enemigos de España, los siervos de Puigdemont, los Rufianes, los «compromises» y los hijos de Otegui, que son quienes que van a dar las llaves de Moncloa al líder socialista. Como escribe la política vasca: «si la regeneración democrática que propone Sánchez consiste en ir de la mano de terroristas y golpistas (corruptos hasta la médula) es hora de recordar a Camus: en política los medios han de justificar el fin».

Que poco podían imaginar todos que Sánchez, dado por muerto en su día, ganase las primarias de su partido después de fracasar en una investidura y pueda ser hoy presidente del Gobierno de España mediante la carambola que ha propiciado una sentencia política. Son cosas que pasan. ¿Qué especial regocijo experimentará hoy el juez De Prada después de darse el gusto de exteriorizar su falta de imparcialidad? A cualquier otro magistrado le costaría una recusación (los mismos vocales del CGPJ que votaron para que Prada siguiera en las vistillas de prisión se opusieron a que la juez Alaya estuviera un minuto más en los ERE cuando pidió cambio de destino en la Audiencia de Sevilla), pero a De Prada le sale absolutamente gratis: una frase absolutamente excesiva e inopinada en una sentencia de mil y pico páginas (debidamente extraída y divulgada a los pocos minutos de ser redactada) ha servido para desencadenar un proceso en lo que lo de menos es la propia sentencia.

Ni al Jovencito Frankestein ni a sus socios les importa un carajo la Gurtel: la sentencia no les ha desvelado nada nuevo de lo que ocurriera hace quince años, simplemente les ha brindado la oportunidad de dar un vuelco a la estabilidad de España con argumentos entresacados de un laboratorio de química judicial. Hoy mismo, si nada lo remedia, Pedro Sánchez saldrá del laboratorio acompañado de individuos como «el Le Pen español» (sic), Rufián, Tardá, los terratenientes de Galapagar y algún antiguo fan de los asesinos de ETA camino del Palacio de la Moncloa, con la idea de perpetuarse hasta que el árbitro constitucional toque el pito. Nunca antes. Y nunca con otra intención que la de establecerse en el Poder mientras pueda.

No pocas voces han inquirido a Rajoy para que dimita, pero éste ha asegurado que no ha hecho nada para tener que tomar esa decisión. De hacerlo, suspendería la Moción, pero nada garantizaría que otra opción no fuera posible en la ronda de consultas y la posterior votación. Y abarataría el precio del acceso de Sánchez a la presidencia. El único que ha dimitido es Zidane. Lo que queda más o menos claro es que a Rajoy le han hecho la Doble Nelson y a Rivera la 13-14. Y todo con la firma de aquellos a los que les acababan de dar lo indecible. Es lo que tienen los laboratorios de monstruitos.

Carlos Herrera ( ABC )