El poder como burladero

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El poder como burladero

A un partido con vocación de gobierno es muy difícil pedirle que no gobierne cuando puede hacerlo. El PSOE no es sólo un partido de gobierno sino de Estado, una fuerza estructural, dinástica: en lo que llevamos de democracia ha ocupado el poder dos años de cada tres. Por eso su posición en el complejo tablero político actual es dramática: por primera vez su principal posibilidad de dirigir la nación está contraindicada con sus intereses estratégicos.

Esto acaso lo podría comprender Pedro Sánchez si no sintiese en su nuca el aliento de la conspiración. Sin embargo sus malos resultados y las intrigas de Susana Díaz para derribarlo convierten la Presidencia del Gobierno en el único burladero donde puede parapetarse. Si la política estuviese deshabitada de ambición, Sánchez admitiría su fracaso y el partido asumiría su rol de oposición organizándose en torno a un nuevo liderazgo, o pactaría con el PP y C’s un programa de reformas con el que construir un nuevo marco. Pero eso sería en un mundo perfecto. En el real prevalece el instinto de conservación y la llamada impaciente de la supervivencia.

En esta crisis de intereses superpuestos los socialistas se las apañan para encontrar un problema para cada solución, que es el modo más eficaz de enredarse en la vorágine autodestructiva. La discusión sobre los pactos con Podemos esconde una lucha mortal por el mando interno. La mayoría de los barones ya se ha aliado con Pablo Iglesias en sus predios; lo que quieren ahora es evitar que Sánchez se perpetúe a través del Gobierno. A Susana se le empieza a pasar el arroz; siempre le falta decisión, audacia para el golpe definitivo. Sufre de vacilación en el manejo de los tiempos y al final le pueden los titubeos. El secretario general es más correoso de lo que parece; se tiene fe a sí mismo y no está dispuesto a permitir que la generosidad de miras le estropee sus objetivos. Este no es un debate de ideas ni de proyectos; se trata de crudo interés, de feroz pragmatismo maquiavélico.

Lo que Sánchez no parece entender en su desesperación por sobrevivir es que la salida que planea depende del hombre que quiere liquidarlo. Iglesias aspira a destruir al PSOE, a eliminarlo como referencia de la izquierda. Y lo tiene a trescientos mil votos de distancia, poca cosa para un experto en mercadotecnia política que dispone de una maquinaria de guerra electoral en perfecto orden de combate. Pero el líder socialista se siente tan cercado por los suyos que los considera sus verdaderos enemigos mientras en Podemos sólo ve a un adversario. Se equivoca porque esta vez no funciona el adagio churchilliano: sólo tiene enemigos de dentro y enemigos de fuera. Y un partido que cruje por las costuras envuelto en la delicada contradicción entre voluntad y responsabilidad, entre táctica y estrategia. Entre vocación de poder y sentido de Estado.

Ignacio Camacho ( ABC )

Viñeta de #Elsacapuntas

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