EL PRECIO PROHIBITIVO

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EL PRECIO PROHIBITIVO

Cataluña no se va a independizar. No lo va a hacer por muchos motivos, pero uno capital es que nadie está dispuesto a generar ni soportar la violencia que sería necesaria para romper España. Y mucho menos la violencia que resultaría de la misma y que se extendería por toda la geografía española y quizás por la cada vez más inestable Europa. Nadie quiere esa violencia salvo despojos minoritarios de la sociedad del bienestar y la tolerancia malentendida. Que una siniestra alianza entre estos radicales urbanos, fanáticos aldeanos y políticos inmorales haya puesto en jaque a un Estado del Primer Mundo como es España se debe a debilidades del sistema, de los partidos y de unos políticos ya todos producto de una selección negativa propia de regímenes socialistas.

Por eso el mensaje nacionalista ha tenido tiempo, poder y dinero para convencer a sectores amplios de la sociedad de que ellos los protegen mejor que España. Porque en España han gobernado políticos dispuestos a entregar a los nacionalistas los recursos para el engaño a cambio del apoyo para su propio autoservicio. Los partidos, convertidos todos en agencias de contratación con libre y consensuado acceso al erario, se sirven del Estado, esquilman a la clase media y pactan lo que sea con quien sea con tal de seguir haciéndolo.

Así se ha llegado al final de fiesta. Porque parte de los privilegiados ya no tienen otros privilegios que exigir en trueque o chantaje que los símbolos supremos de estado-nación. Con los que seguirían sirviéndose de su estado y esquilmando a su clase media. Aunque sea ya imposible pedirles a muchos siquiera que conciban una reacción del actual Gobierno de España con la firmeza y contundencia necesarias para poner fin a la deriva criminal del gobierno de la Generalidad, llega el momento en que es imposible ceder, simular o despreciar, esas tres pasiones de Rajoy.

Y habrá que ver quién puede más, como dice un Trapero Mayor de los Mozos de Escuadra, en referencia a su gente armada por un lado y las Fuerzas de Seguridad del Estado por el otro. No debe tener ninguna duda. En Cataluña escasean las verdades. Y hay una arrolladora: hay muchos más españoles, también en Cataluña, capaces del sacrificio personal por España, incluido el último y supremo, que nacionalistas dispuestos a ofrecer no ya la vida o la salud, siquiera su patrimonio, empleo o pensión por defender el proyecto de secesión y destrucción de España.

Solo conocemos separatistas en tiempos de bonanza en los que estar contra España y la legalidad granjea pingües beneficios, mientras defender España y su Constitución solo desgracias y represalias. Hay que conocer poco al ser humano para no saber que de cambiar esas condiciones cambiarán muchas opiniones. Un nauseabundo producto de la degradación moral e intelectual de la sociedad catalana, Gabriel Rufián, era un españolito más que se hizo separatista cuando vio el nicho laboral.

El negocio le salió redondo. Pero tal como es, con mucho dinero español y a diario en todas las teles. No para acabar en una trinchera. Entre los errores más terribles de los gobiernos de Madrid estuvieron la entrega de competencias clave para la siembra del odio y la retirada de símbolos e instituciones de España de aquella región. Y muy especialmente la callada aceptación de la viabilidad de la destrucción pacífica de España. Se propagó la disparatada quimera de que sus partes rotas lograrían esa convivencia armónica supuestamente inviable en la España unida. De que la aventura sería gratis. Se debió dejar claro hace mucho que España no puede romperse sin violencia y sin sangre. Que el precio del capricho de unos pocos es demasiado alto.

Hermann Tertsch ( ABC )

viñeta de Linda Galmor