EL REFERÉNDUM DE BABEL

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EL REFERÉNDUM DE BABEL

¿Cuántos rubicones más tienen que cruzar los independentistas para que tengamos claro que la suerte está echada? Sólo en esta semana han vadeado tres: han aprobado los presupuestos generales que incluyen la partida económica necesaria para financiar el referéndum, han abierto el concurso público de proveedores de sobres y papeletas y han puesto en marcha la ponencia conjunta que tiene que promulgar, sin discusión parlamentaria, la ley que invocará la convocatoria de la consulta.

Ya no se trata de bravuconadas dialécticas que se lleva el viento, sino de hechos consumados que acarrean consecuencias. Y no precisamente inocuas. O sirven para alfombrar la llegada de la república catalana –espero que no–, o sirven para que sus promotores las pasen canutas en los tribunales de justicia. Lo más interesante de la sentencia del Supremo contra Francesc Homs es que marca el camino jurídico a futuras condenas por malversación a quienes se empeñen en seguir su ejemplo. Ya no hablamos de inhabilitación. Hablamos de cárcel.

Sólo por lo que ha ocurrido esta semana es inevitable que Carmen Forcadell, más pronto que tarde, acabe igual o peor que sus antecesores en el camino de la desobediencia al Tribunal Constitucional: o expulsada de las instituciones democráticas, y por lo tanto condenada a vagar por cancillerías europeas de segunda fila exhibiendo sus heroicos muñones de víctima propiciatoria, o enchironada en Brians-dones durante alguna temporada. A los miembros del Govern podría pasarles lo mismo. Ayer supimos que la Fiscalía ya ha comenzado a olfatear las huellas de sus últimas decisiones.

 La acción de la justicia es lenta pero inexorable. Sus consecuencias tardan en llegar pero casi nunca fallan. Y eso lo sabe hasta el apuntador. Ninguno de los infractores se chupa el dedo. Tienen asumido que su desafío, si fracasa, les saldrá muy caro.
Es llamativo que no se pongan de acuerdo. Y esperanzador. Explica el Génesis que la construcción de la torre de Babel, que pretendía llegar hasta el cielo, se paralizó porque sus albañiles comenzaron a hablar idiomas distintos y dejaron de entenderse. Un reino dividido contra sí mismo no puede subsistir.
Luis Herrero( ABC )

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