El referéndum del balconing

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El referéndum del balconing.

Los ingleses, arrepentidos muchos, están comprobando ahora lo que quizá no tuvieron en cuenta a la hora de sentar plaza como algo más que hermanos separados al otro lado del Canal de la Mancha: que el referéndum no tiene marcha atrás. Le pasa al referéndum como al viejo Biscuter, que no tenía marcha atrás. Pero como pesaba tan poco, cuando querían darle la vuelta, lo cogían a pulso entre dos forzudos, lo volvían y listo. Lo dejaban en perfecta posición para el: “De frente, ¡mar…!”. Todo tiene remedio, menos la muerte, y ofreceré más adelante a los británicos, gratis et amore, o sea, “sin trincá” que decía El Beni, mi fórmula para que le den la vuelta al referéndum del Brexit, del que aparecen ahora como bastante contritos.

Que conste que me tengo por anglófilo. Pero nos pasa a los anglófilos españoles que creemos que el Reino Unido es solamente la Corte de San Jaime donde cada año Porcelanosa acarrea a la troupe de Isabel Preysler para que luego envidiemos en el “¡Hola!” ese esplendor de Palacio, o como cuando sale el Príncipe de Gales con su chaqué gris perla en una boda. Nos creemos los anglófilos españoles que el Reino Unido es sólo el refinamiento de las viejas tiendas tradicionales de Old Bond Street, las sastrerías increíblemente artesanales y artísticas de Saville Road, los jubileos de los cumpleaños de la Reina, el “Trooping the Colour”, las pelucas de los jueces, el silencio por las calles, las macetas en las ventanas de Mayfair, las viejas elegantes con sus gatos y sus cretonas…o los monos del Peñón, incluido el mono mayor, ese ministro principal que se parece tanto a El Mani y que habla el más perfecto y espontáneo andaluz, porque las eses las pone en inglés y se las come en español.

Y el resultado del Brexit, del “adiós, adiós, buen viaje, adiós, que lo pases bien”, no ha se ha producido por culpa de esa Gran Bretaña que los anglófilos idealizamos en su estética de refinamiento, sino por la otra, la ordinaria, la soez, la de medio pelo para abajo, la cateta, la que vimos retratada en “Los Ropers” o padecemos cada vez que un equipo británico juega en España y antes del partido las calles se llenan de niñatos borrachos pegando gritos, haciendo gamberradas y peleándose con la gente. Es la Inglaterra del turismo de borrachera que invade cada verano los hoteles mallorquines de Magaluf, donde todo gamberreo tiene su asiento y donde esta gentuza se dedica a la práctica del nuevo deporte nacional.

El nuevo deporte nacional británico no es el críquet, ni el fútbol que allí se inventó, ni los caballos de las carreras de Ascot. El deporte nacional británico es el balconing en España, al que algunos llaman el Gilipolling. Eso de los gamberros borrachos en Mallorca, Menorca o Ibiza: tirarse ciegos de alcohol a la piscina del hotel desde la terraza de un cuarto o un quinto piso, y acertar con el agua…o pegarse un pellejazo de muerte. Yo creo que Cameron quiso aplicar el balconing a la política, y con el referéndum se tiró desde la azotea del 10 de Downing Street. Lo que pasa es que, como no había piscina, se pegó un vejigazo considerable. Y lo peor es que nos lo hizo pegar a todos. Al día siguiente, el Ibex 35 de la Bolsa de Madrid también hizo balconing y también se pegó el costalazo. Cameron, Johnson y Farage fueron en este caso los gamberros ingleses del balconing con la estabilidad de la Unión Europea. Se arrepintieron y dimitieron los tres.

Como ahora la gente quiere que el referéndum tenga marcha atrás. Puede tenerla. En Andalucía, el 28-F, también perdió Suárez el referéndum de iniciativa autonómica, porque Almería dijo que nanai. Lo que pasa es que llegó Martín Villa y le dio la vuelta a aquello, y desde entonces tenemos Régimen Andaluz en manos del PSOE. La solución para los británicos que quieren volver al redil europeo es, pues, que llamen a Martín Villa. Seguro que encuentra el modo de que acaben ganando el referéndum que perdieron, para que el personal no se soliviante. Vamos, como un Biscuter con marcha atrás.

Antonio Burgos  ( ABC )

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