EL RELÁMPAGO

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EL RELÁMPAGO

Cataluña quiere mambo y nos pasa cada 50 años. Como las esposas que necesitan montarle la escena a su marido y provocar una descarga que dé un nuevo vigor a su matrimonio, Cataluña necesita joder con la pelota a España every once in a while para que también un relámpago ponga las cosas en su lugar, rebaje el azúcar del nacionalsentimentalismo y nos ponga a todos de vuelta a trabajar en los asuntos de importancia. Mambo. No la independencia sino mambo. Por eso los deberes del supuesto nuevo Estado están todos por hacer y en cambio la agitación callejera de los próximos meses está ya casi toda preparada.

Los desgraciados han tomado el poder y con su nada que perder y su parte de mujer quieren que su España marido les haga caso. La vajilla ya la han empezado a romper. Es la Cataluña esposa en su ataque de rabia que quiere hacer pasar por indignada pero que es en el fondo una tristísima nostalgia.

El referendo es la excusa, pura atrezzatura para crear la tensión en la calle. Los desgraciados han tomado el poder y nos conducen a la bronca, los desgraciados que rompen vajillas y que no tienen modales como la esposa cuando ingresa en su espectáculo, pero sin nuestra pequeña burguesía no lo habrían logrado, nuestra pequeña burguesía de pequeñísima de alma, que aunque guarda las formas busca el mismo mambo, algo así como cuando Jaime Gil de Biedma cruzaba la Diagonal y algunas noches y no buscaba amor ni siquiera sexo sino que le partieran la cara. El cuerpo a cuerpo con ganas de que nos den y sabiendo que vamos a sangrar, y a perder, a mí siempre me ha parecido una estupidez, pero extrañarme no me extraña nada, porque soy un hombre casado de 42 años que sé perfectamente usar mi internet.

Lo callejero es siempre una derrota de la Humanidad. Cuando la gente se echa a la calle cualquier represión está justificada porque no hay nada tan brutal y tan culpable, tan inhumano y atroz como la turba descontrolada. La muchedumbre marchando está en el origen de nuestros peores dramas contemporáneos. Cataluña lo sabe y por eso recurre a lo más bajo como las esposas en busca de relámpago: nostalgia, nostalgia.

Hasta ahora España ha podido complacer a Cataluña respondiendo a sus ganas con la brutalidad solicitada. Hemos sido exactamente agraciados con el mambo que reclamábamos (aunque yo creo que al final Franco fue un blando porque nos quiso demasiado y todo nos lo dio: la épica de quita y pon de correr delante de los grises, los cantantes protesta y la recuperación de la literatura catalana, que escribió ¡y publicó! mucho mejor en aquellos años que durante la democracia).

¿Pero ahora España qué hará? Porque el mambo que le pedimos es exactamente el mismo pero la fuerza les empieza a dar vergüenza usarla. Ahora que le decimos abiertamente a España que venga a darnos, y jugamos a excitarla diciéndole que no tiene huevos porque el mundo nos mira -como quien se pone a mil haciéndolo en un párquing sabiendo que el vigilante les ve y se toca-, resulta que la fuerza bruta ha pasado de moda. ¿Cómo hacerlo entonces?

España tendrá que hallar la medida exacta de la represión moderna, y crear un protocolo para los otros Estados con este tipo de problemas, sabiendo que tiene el apoyo de todos sus socios pero entendiendo que cualquier exceso puede convertir la nostalgia en drama, en incendio que se expande, porque vivimos en un tiempo en que hasta lo barato nos parecería un lujo y ha sido sustituido por una demagogia de saldo y esquina que es la minuciosa respuesta a tantas veces que nos dijimos que más bajo no podíamos caer, y por este populismo que confunde al verdugo con la víctima; tal como los maridos sólo podemos sentarnos a contemplar el espectáculo porque quien nos mira no es el tipo del párquing sino una legión de feministas resentidas, fracasadas y amargadas que viven del linchamiento y de la sangre, de la tuya, que vienen a por ti aunque no digas nada, y ellas no son nostalgia sino la encarnación del mal y no es una metáfora.

Salvador Sostres ( ABC )

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