El triunfo de la mediocridad

mediocre

No sé dónde he leído que el Parlamento que salga como resultado de las elecciones del 20 de Diciembre dará trabajo a más de un cuarenta por ciento de nuevos diputados, y eso significa que algunos personajes, sin oficio conocido, van a tener un singular beneficio como ya se ha visto en las elecciones municipales que ha llevado a los ayuntamientos a gente poco aseadita física, moral e intelectualmente.

Con esto solo describo una previsión en un país en el que la estadística nos dice que hay un segmento de la población de más de 50 años más numerosa que el de los ciudadanos que tienen entre 20 y 45.

Cualquier experto en recursos humanos valoraría este hecho como muy positivo porque estos profesionales, al menos en España, cobran por hacer ERES en las empresas, prescindiendo del capital humano más formado y experimentado, y sustituyéndolo por otro con menos experiencia y sueldos más bajos.

Pero aquí estamos hablando del cuerpo de legisladores de un país, en el que la experiencia y el conocimiento acreditado es un valor no despreciable.

Cuento esto sin más intención que la de anticipar un escenario tragicómico para nuestro país que nos dará días y espectáculos inigualables, en los que España será objeto de una enmienda a la totalidad.

En el nuevo parlamento se discutirá si cambiamos en treinta minutos nuestro sistema horario para parangonarnos con el de Venezuela, si el Rey mientras se decide entre monarquía o república deberá prescindir de la corbata en los actos oficiales, si deberán prohibirse los colegios de enseñanza religiosa o si los encargados de la higiene y la limpieza en la ciudad deberán cobrar un sueldo superior al de los cirujanos cardiovasculares, porque el trabajo de los primeros es más importante porque consiste en prevenir males mayores.

Los nuevos parados serán personas que tendrán tiempo de seguir leyendo o escribiendo pero sobre todo, mientras tengan memoria, les podrán contar a sus nietos que en España hubo un tiempo en el que la gente decente trabajaba por sacar adelante su país, la gente indecente era juzgada y condenada, y que llegó un día en el que aparecieron colectivos de personas organizados que consiguieron imponer un sistema de uniformidad a la baja, en el que la disidencia se pagaba muy cara porque los partidos que alguna vez fueron serios, tuvieron la desgracia de tener líderes estúpidos.

Diego Armario

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