EL VOLANTAZO

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EL VOLANTAZO

Pedro Sánchez, que desde que le ha devuelto las vocales a su apellido ha dejado de ser la onomatopeya de un estornudo para convertirse en un grano en el culo de sus adversarios, había puesto rumbo al estado plurinacional, a la unidad de acción con las fuerzas de la izquierda y a la democracia asamblearia. Y le iba bien. Con ese plan podía ganar las primarias del día 21 gracias al apoyo del núcleo duro -insumiso y radical- de la militancia de su partido.

Por eso sorprende tanto que, de la noche a la mañana, haya dado un volantazo en dos de los tres epígrafes distintivos del programa que le estaba acercando al trono de Ferraz. Ahora ya no pide la reforma del artículo 2 de la Constitución y Podemos ha dejado de ser la novia que aguarda en el altar de justicia social para convertirse en una fuerza rupturista que monta el circo en autobuses que luego se estropean. ¿A qué se debe ese cambio de opinión?

Hay quien dice que se ha mirado en el espejo de Benoit Hamon y que al ver en su rostro las terribles magulladuras que provoca la apuesta por un socialismo radical ha decidido cambiar de rumbo. Yo no lo creo. A Hamon, el tiro le salió por la culata en el trance de las elecciones presidenciales, sí, pero le sirvió para sacar de la pista a Manuel Valls en las primarias. A Sánchez aún no le ha llegado el momento de pensar en los electores. Su prioridad sigue siendo ganar a Susana Díaz con el apoyo de unos militantes que no premian las piruetas ventajistas. De hecho, las castigan.

Una segunda teoría sostiene que Sánchez ya tiene garantizado el voto de la militancia más ideologizada y que ahora quiere pescar en el caladero de los socialistas moderados. Por eso no puede aparecer en el debate de pasado mañana como el destructor de la unidad de España o la dama de compañía de Pablo Iglesias. Esta explicación me cuadra más que la primera, pero dudo que obtenga buenos resultados.

Los peces que nadan en esas aguas ya han picado en otros anzuelos y no hay ninguna razón para pensar que quieran cambiar de cebo. Sánchez se había vendido a sí mismo, hasta ahora, como el insobornable baluarte del no a Rajoy, del no a las componendas y del no a los aparatos. Ayer, sin embargo, el hombre del no pasó a ser el hombre del depende. Osea, que volvió a sus orígenes. Recordemos: frente al Madina de 2014 fue el amigo de Susana, frente al Rajoy de 2015 fue el amigo de Rivera, frente al Rajoy de 2016 fue el amigo de Iglesias y frente a la Susana de 2017 es el amigo que se enfrenta a sus antiguos amigos.

No es serio presentar a Sánchez como al adalid de la coherencia. Más bien al contrario. Todo le vale con tal de llegar al poder. Incluso tomarnos por idiotas. Lo más sorprendente del volantazo de la casa del reloj fue su baile de la yenka con el modelo de Estado. En febrero, en el Círculo de Bellas Artes, había dejado muy claro que propugnaba una reforma constitucional para definir España como un estado plurinacional y todo el mundo entendió, empezando por Susana Díaz, que la propuesta significaba reformar el artículo 2 de la Constitución, apartándose de lo que el PSOE había suscrito en la declaración de Granada.

Ayer, sin embargo, nos dijo que nunca pretendió llegar tan lejos y que cuando él habla de naciones distintas lo hace sólo desde un punto de vista cultural. A otro perro con ese hueso.

Desde que el TC publicó la sentencia del último Estatut quedó claro que no había ningún impedimento legal para defender «concepciones ideológicas que, basadas en un determinado entendimiento de la realidad social, cultural y política, pretendan para una determinada colectividad la condición de comunidad nacional». Así que cuando Sánchez propugnó la reforma del artículo 2 no podía estar refiriéndose a algo que la Constitución actual ya permite. Pincho de tortilla y caña a que hablaba de otra cosa. Celebro, desde luego, la rectificación. Pero lamento que, al argumentarla, nos haga pasar por idiotas.

Luis Herrero ( ABC )

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