EN EL DENTISTA

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EN EL DENTISTA

Imaginemos que vamos al dentista con un dolor de muelas espantoso y con media cara inflamada hasta la deformidad. Tomamos asiento en el antipático sillón, y el gentil odontólogo, antes de explorar nuestra muy dañada boca y de hacer, de inmediato, una radiografía de la zona afectada, lanza un virulento ataque verbal contra determinados colegas de profesión e, incluso, de consulta, prosigue con una recusación de su colegio profesional que prolonga con una acerba crítica a los estudios universitarios de odontología, se queja después de la escasa diligencia de su enfermera y de su protésico, filosofa sobre la conveniencia o no de usar mascarilla y anestesia, razona sobre la utilización conjunta y sucesiva de antibióticos y tenazas para tratar las piezas dentales infectadas y desahuciadas y, en este plan, nos tiene y nos mantiene con la boca abierta sin acometer ninguna acción debido a la falta de acuerdos profesionales, farmacológicos, colegiales y científicos.

Su monólogo, qué duda cabe, es interesantísimo, nos tiene atrapados y expectantes. Pero ese hombre no parece tener la menor intención de acometer la eliminación de nuestro mal. “¿Acaso un premolar y un molar son tan distintos?”, le oímos preguntarse antes de desmayarnos.

Pues así, más o menos, estamos ahora con los políticos. La política española se ha convertido en política sobre la política y sobre los políticos. Se ha vuelto metapolítica. En vez del arte de lo posible -de hacer posibles, entendámoslo así, las soluciones a los problemas-, los políticos españoles actuales están abducidos por el temperamento declarativo -un amasijo de afirmaciones, dudas, rectificaciones y contradicciones-; se emplean a fondo en peleas internas y externas de individuos y de facciones; están pendientes de imputaciones, sentencias, inhabilitaciones, diplomas, encarcelamientos y excarcelaciones; hacen reuniones, comités, congresos y meriendas deliberativos de los que surgen resoluciones que nada resuelven; no mueven un dedo sin establecer o consolidar alianzas que ellos mismos se encargan de impedir o dinamitar, están, vaya, sumergidos en su propia infección inflamatoria de modo que, siendo frenética su actividad y su facundia, nuestro dolor de muelas va en aumento y quedan aplazados el diagnóstico y la terapia. “¿Qué es la boca?, ¿de qué boca hablamos?, ¿boca de metro, boca de riego, Boca Juniors?”, le oímos decir al dentista antes de volver a perder el conocimiento. Nos queda irnos a hacer gárgaras con coñac.

Manuel Hidalgo ( El Mundo )