En tierra de nadie

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En tierra de nadie

Falta por hacer un estudio psicológico sobre las motivaciones que llevan a los ciudadanos a votar a unos candidatos o a rechazarlos, porque en estos momentos los motores del cambio no son las ideas, son los sentimientos.

No alcanzo a recordar ningún otro momento electoral en la historia de nuestra democracia en el que la gente haya ido o vaya a votar con más sentimientos de preocupación, miedo, sentido de la revancha u odio.  En algunos casos me atrevería a añadir inconsciencia,  que es  una virtud intergeneracional  que sólo la poseen los incultos desinformados y los viejos con complejo de Peter Pan.

Hoy no existen argumentos sólidos para darle la confianza a ninguno de los partidos políticos que se presentan a las elecciones, sin embargo las encuestas ya tienen repartidos los porcentajes de votos que van a recibir y el número de escaños que previsiblemente obtendrán. Esas previsiones demoscópicas sólo indican el sentido del voto previsto pero no el porqué de la voluntad de los electores.

Las dudas serias corroen la mente no sólo de los indecisos y de quienes están persuadidos de que la mejor opción es abstenerse, sino también de los que tienen ya su papeleta preparada y metida en el sobre.

Ninguno de los dos partidos tradicionales  ha hecho méritos para que los electores le renueven su confianza, y los que aparecen como nuevos, hieden.

Resulta dramático que tengamos que elegir entre ineptos, mediocres, ambiciosos, travestidos, irresponsables, mentirosos, corruptos, corporativistas, casposos y lúmpenes, pero lo cierto es que algunos han decidido apoyar a lo malo conocido frente a lo sospechan que puede ser peor por conocer.

Vivimos momentos difíciles y a veces me pregunto cuál ha sido la causa que ha expandido por toda Europa y el resto del mundo ese virus letal y contagioso que convierte a los ciudadanos en parásitos violentos que predican el odio en los mítines y lo practican en las calles.

Mientras tanto muchos ciudadanos están en tierra de nadie y desamparados, sin saber a quién votar,  porque la elección está entre lo malo y lo peor. Saben que si votan no tienen garantía de que los de derechas vayan a ser de derechas, ni los de izquierda, de izquierda. Sólo saben que los comunistas travestidos en socialdemócratas, sin tocan poder,  regresarán a su ser leninista al día siguiente.

Por eso estas elecciones es lo más parecido a jugar a la ruleta rusa, porque el disparo puede venir d cualquier sitio.

Diego Armario

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