En tierra de nadie

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En tierra de nadie.

No sé si es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer, si es preferible pájaro en mano que cientos volando, o si para comer peces hay que mojarse el culo, aunque también tengo dudas sobre si a quien madruga Dios le ayuda, o si es preferible ponerse una vez rojo que cien amarillo, porque se pilla antes a un mentiroso que a un cojo y la experiencia aconseja no decir nunca de ese agua no beberé, o ese cura no es mi padre.

El español, gracias a nuestros clásicos, es tan rico en refranes y metáforas, que sería fácil escribir cientos de páginas, saltando de unos a otras, sin pisar el suelo de la creación propia.

Por eso considero que sólo los ágrafos, iletrados y especialmente los no leídos – además de los estúpidos que reciben premios que no se merecen – pueden despreciar nuestra lengua.

Se dice que  somos buenos oradores, y a veces también expertos escribidores, porque paseamos nuestros pensamientos con palabras agradecidas que abren las puertas de nuestra imaginación y nos convierten en aventureros del lenguaje, pero hay quienes no quieren hablar con la transparencia de un idioma cristalino porque tiene miedo a que se les entienda.

España es un país que, siglos atrás, tuvo excelentes oradores en la política nacional. A veces un poco barrocos, pero siempre brillantes y merecedores de ser leídos e incluso respetados.

Hoy, en cambio, carecemos de personajes de esa talla, porque el eslogan ha sustituido al argumento, el grito a la cadencia oratoria, el insulto a la persuasión, la promesa electoral al compromiso cierto y el espectáculo televisivo a la naturalidad de la cercanía.

Hoy, en política, la palabra se utiliza para embaucar, para engañar, para desorientar, para llenar un vacío ideológico, porque sus actores creen que están en un mercado de subastas a ver quién promete más y luego… da menos.

El día que los políticos despidan a los expertos en márquetin que les escriben sus discursos y empiecen a hablar, con el corazón, si es que lo tienen, sabremos a qué atenernos a la hora de votar, porque no hay nada más demoledor que la palabra, cuando no está devaluada.

Diego Armario

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