Erdogan desafía a Europa a aceptar su régimen autoritario

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Erdogan desafía a Europa a aceptar su régimen autoritario.

Turquía muestra signos inequívocos de que está entrando en un proceso autoritario. Esta crisis está definiendo el papel que el régimen de Recep Tayyip Erdogan quiere jugar en el futuro. El modelo que está poniendo en marcha el presidente turco tiene ejemplos en los que mirarse y valedores: se trataría de hacer compatible el régimen parlamentario formal con un sistema de derechos civiles vigilado y un control férreo sobre los poderes del Estado y de su independencia. Rusia es sin duda el aliado de esta nueva Turquía, alianza que quedará rubricada mañana con la reunión que Erdogan mantendrá con Putin en San Petersburgo.

El «sultán» turco ha puesto en marcha sin contemplaciones un «contragolpe» que hiere gravemente cualquier proceso de apertura, separación de poderes y defensa de los derechos humanos. La limpieza que el régimen de Erdogan está llevando a cabo no deja dudas sobre las intenciones: han sido detenidos 2.745 jueces y fiscales, 60 periodistas y numerosos profesores han sido apartados de la docencia. No era una lista improvisada. La persecución a los medios de comunicación y a la libertad de prensa es inadmisible. Este panorama es una afrenta al conjunto de la Unión Europea, que hasta ahora ha tratado a Turquía como un aliado preeminente. La crisis abierta obligará a la UE a replantear las condiciones de algunos acuerdos, si no quiere que el proyecto europeo contradiga su espíritu democrático y, en concreto, la Carta de los Derechos Fundamentales.

La unidad europea vive una grave crisis de identidad a raíz del triunfo del Brexit, que tendrá su primera expresión en el abandono de Reino Unido de la UE, pero a su vez ha mostrado de manera descarnada su lado más terrible con la ofensiva terrorista del ISIS, que ha puesto contra la pared la política sobre los refugiados. El último capítulo de esta crisis es Turquía, una pieza clave en la política de contención del movimiento migratorio, pero ahora asaltan todas las dudas: el régimen de Erdogan ha recibido 6.000 millones de la Unión para mantener bajo control el paso por territorio turco hacia Europa y las islas griegas. A pesar de que los objetivos se están cumpliendo (se ha reducido la media diaria de tránsito de los 1.700 diarios de antes a los 89 de ahora), este acuerdo no puede ser utilizado por Turquía como un chantaje. La dura purga que está llevando Erdogan es incompatible con sus pretensiones de formar parte de la UE.

La buenas palabras del presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, que ha llamado a Erdogan a no sacrificar derechos fundamentales como la libertad de Prensa, no parecen suficientes al ver la limpieza implacable que está realizando tras el intento de golpe y su amenaza, ayer, de volver a aplicar la pena de muerte. Es improbable que Turquía pueda cumplir las 72 condiciones puestas por la UE para levantar el régimen de visados para los ciudadanos turcos.

La unidad europea está ante un gran desafío: marcar sus fronteras con un país de confesión musulmana. Angela Merkel puso una condición irrenunciable que, de no cumplirse, supondría acabar con las negociaciones con Turquía: eliminar la pretensión de Erdogan de reinstaurar la pena de muerte, abolida en 2004. Está quedando claro que el «sultán» no busca ser uno más en una UE en crisis y prefiere convertirse en la gran potencia de la zona a costa de sacrificar los derechos humanos. Los líderes europeos deberán tener una política común sobre Turquía en la reunión de Bratislava del próximo 16 de septiembre.

La Razón

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