FANTASMAS EN EL PARLAMENT

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FANTASMAS EN EL PARLAMENT

La fantasmagórica sesión de ayer en el Parlament nos deja al menos dos certezas:la diferencia entre Torrent y Forcadell es que el primero tiene claro que su desafío llega hasta donde su pellejo y sus abogados advierten riesgo de cárcel. Por extensión, lo que ha cambiado el procés es que por fin los separatistas temen a la Justicia. La Ley ha vuelto a Cataluña. La otra certeza es una máxima histórica: el desorden, la confusión, el embrollo y la sedición es el hábitat adecuado para el florecimiento de la inanidad, el oportunismo y el mesianismo. A tanta grandilocuencia, tanta pequeñez; a tanto heroico victimismo, tanta vacuidad.

El supremacismo necesitaba darse un homenaje en el Parlament antes sus lazos amarillos para añadir otra derrota a su fábula, renovar su fe y remasterizar el chunda-chunda. No hubo debate, se invocó -por enésima y soporífera vez- a Mandela, el amor fraterno y la voluntad de un pueblo oprimido. Cuando la diputada de la CUP, Nátalia Sánchez, se refirió con voz hinchada al procés parecía hablar de la marcha a Washington por los derechos civiles. Su tele pondrá imágenes de archivo, porras de cualquier parte y música de cine a su discurso; entonces sus palabras cobrarán el sentido que la Ilustración le niega. Dijo que el Estado no acepta el resultado de las urnas y que no doblegará la determinación y unidad de las fuerzas republicanas. Faltó a la verdad. Fue su partido el que impidió la investidura exprés de Turull.

Por su parte, Quim Torra, de JxCat, curtido en la épica de 1714 y partidario -lo admitió una vez como director del Centro Born- de «construir el pasado», perseveró en el error: en situación normal, protestó, hoy Turull sería president. No es cierto. No parece muy normal que el cuarto nombre de una lista que no gana unas elecciones aspire a presidir la Generalitat en un pleno convocado por teléfono.

Y aun así, podría haber ocurrido si el independentismo no estuviera partido en cuatro y mostrase serias dificultades para construir un frente común con mimbres tan diversos y huidizos: a las élites de JxCat les mueve la astucia y el escamoteo; a las del PDeCat, el dinero y anhelo de impunidad; a las de ERC, reivindicar su epopeya de 1934; y a las de la CUP, su castrismo de campus viciado y añejo. En la misma coctelera son dos millones. Pero no mayoría. Por eso convocaron esta investidura en la víspera de la comparecencia de Turull ante Llarena. Porque su recurso es la leyenda, y la Justicia la refuerza. Se desempeñan ajenos a la política.

Javier Redondo (El Mundo )