El futuro incierto de Cuba

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El futuro incierto de Cuba.

Fidel Castro dejó el régimen «atado y bien atado», utilizando la afortunada expresión de Franco en su discurso navideño de 1969. Pero lo que en un principio parece inamovible y ajustado a un guión previamente escrito resulta ser nada. En estos momentos, el futuro de Cuba es incierto porque no se sabe cuál será el camino que va a emprender: si inicia una transición abierta hacia la democracia cumpliendo con los requisitos de liberar a los presos políticos y convocar elecciones, o seguirá siendo un régimen autoritario que mantiene una parte de libre mercado y otro, el estratégico, controlado por poderosos estamentos del Estado, con una predominancia del Ejército, es decir, seguir el modelo chino: apertura económica y continuidad política.

Lo que parece claro es que la muerte del comandante no va a desencadenar un cambio inmediato y, ni mucho menos, una revuelta que acelere el final del régimen castrista. La pregunta es la misma que ha surgido tras la muerte del líder supremo de muchas otras dictaduras: si es posible un castrismo sin Castro. Ningún régimen totalitario se ha perpetuado sólo con la memoria del padre fundador. Cuba cambiará, sin duda, aunque está por ver el ritmo que mantendrá esta nueva singladura y su orientación. Sobre la isla actúan en estos momentos muchos factores, tanto internos que tienen que ver con la correlación de fuerzas entre los poderes fácticos del régimen –Partido Comunista y Ejército, sobre todo– , como geopolíticos relacionados con la influencia que las nuevas potencias ejercen en Latinoamérica. Existe un nuevo factor no previsto: la irrupción de Trump.

Sus primeras e histriónicas declaraciones tras la muerte de Castro podrían interpretarse como el fin de los acuerdos que Obama alcanzó con Raúl Castro y que supusieron el fin del embargo. De cumplirse estos augurios, volveríamos a una situación ya conocida que supondría el bloqueo del proceso de apertura y el afianzamiento de los sectores más duros e intransigentes del castrismo. Todo indica que Raúl, desde que recibió el poder de su hermano –de manera provisional en 2006 y definitiva en 2008–, ha asegurado su posición y confía en que la vía del libre comercio con EE UU asegure la permanencia del régimen. Hasta el momento, la apertura política es inexistente, al margen de los espacios de permisibilidad que está desarrollando el turismo y la autorización de pequeños negocios.

Raúl, verdadero poder ejecutor de los designios de su hermano, no será la persona que encabece la transformación de Cuba. A sus 75 años, todo parece que su papel en este proceso será el de valedor del Ejército para que mantenga su enorme poder en la estructura económica de la isla (se calcula que las Fuerzas Armadas tienen bajo su control más de 800 empresas). Su guión sigue la dramaturgia del «gatopardismo» que practican todas las dictaduras en su ocaso: Raúl dejará el poder en 2018, según anunció, en manos de un hombre de su confianza: el vicepresidente del Consejo de Estado, el tecnócrata Miguel Díaz-Canel, que cuenta con el apoyo del Partido Comunista, de los militares y –algo que en la críptica política cubana tiene su peso–, el del hijo de Raúl, Alejandro Castro.

Lo que es urgente en estos momentos es que la oposición tome la palabra, se erija una sola voz y que represente las verdaderas ansias de libertad del pueblo cubano. Parece que tras la muerte de Castro la oposición también está emprendiendo su propia transición, lo que no será fácil con un conglomerado de más de 300 grupos, entre partidos, plataformas y comités. En los procesos de transición que quieren dejar atrás el viejo régimen totalitario, la democracia nunca es un regalo: se exige valentía y también responsabilidad.

La Razón

 

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