GESTIONAR EL ODIO

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GESTIONAR EL ODIO

Van a tener razón los que exigen una nueva Transición. La primera derivada de la investidura es que hay presidente y habrá gobierno. La segunda es que se ha iniciado la legislatura «del odio» porque el rencor ha llegado al Congreso para quedarse. Anteayer quedó patente que entre los escaños no hay ese tolerable grado de irritación propia de la política competitiva. Ni la típica rivalidad razonable en la pugna por el poder. Hay sectarismo en cascada, ansias de revancha, estrategias de eliminación del oponente, aborrecimientos personales, y mucha aversión vengativa. Jirones de aquel odio fratricida que la Transición enterró y que el extremismo populista ha resucitado con tanta virulencia a su favor como indolencia hay en su contra.

En la mirada de Pablo Iglesias, en los gestos de Ramón Espinar, en las palabras de Rufián, en las amenazas de Bildu o en las obsesiones de Homs hay asco cerval a la democracia. Se percibe nítido su instinto de guerracivilismo, sus técnicas de acoso con inquina visceral y sus maneras de matones de barrio. Odio chulesco e incompatibilidad química con las libertades para reventar las calles.

Gestionada la investidura 315 días después, queda un largo trecho para gestionar ahora la gobernabilidad. Pero ni siquiera hacerlo con éxito daría por resuelto el nuevo problema que aqueja a nuestra democracia. La causa última de la parálisis sufrida durante once meses proviene de una revisión espuria de la historia para incorporar técnicas fascistas de anulación y radicalización del oponente en el Congreso. La estigmatización del demócrata como argumento de rebeldía y superioridad moral para fraguar con una minoría virulenta una involución desde dentro. Gestionar la aprobación de leyes será difícil… e imposible a más de dos años vista. Pero gestionar hoy ese odio que nunca corrió entre los escaños tras la reconciliación emocional que supuso la Transición será imposible. Lo han dejado claro.

 En breve habrá convocatorias de huelga general por pura fobia, agitación propagandística por odio, y plenos parlamentarios insultantes y desabridos para humillar al contrario. No habrá un contraste discursivo en la tramitación de leyes, sino una abominación del demócrata constitucionalista a manos de profesionales de la algarada dialéctica, la provocación y la generación fácil y demagógica de odio destructivo.

Siempre las mayorías silenciosas se imponen a las minorías chillonas cuyo oxígeno es el conflicto. Pero mientras la mayoría calla, el odio inoculado en una nueva generación de políticos cómodamente instalados en ese rencor injustificado que usan para repartir credenciales de falsa libertad, se contagia y extiende. No han ganado. Por eso odiarán más.

Manuel Marín ( ABC )

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