EL HOMBRE QUE TODO LO ROMPIÓ

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EL HOMBRE QUE TODO LO ROMPIÓ

Lo primero que rompió fue la Presidencia de la Generalitat, que por primera vez desde la recuperación de la democracia recayó en un socialista. Para tratarla de recuperar forzó a Esquerra y al PSC a un Estatut de máximos que luego negoció a la baja con Zapatero a cambio de que el PSOE se comprometiera a retirar a Maragall, a poner de candidato a Montilla (Mas creyó que le sería más fácil derrotar un charnego) y a apoyar la investidura de la lista más votada. Lo segundo que rompió Mas fue otra vez la Presidencia de la Generalitat, que por segunda vez ostentó un socialista, y precisamente el que él había despreciado eligiéndolo como rival fácil.

Lo tercero que rompió fue la tranquila convivencia catalana. El oasis. Con el bodrio de Estatut que primero exageró con Carod y Maragall yluego rebajó con Zapatero, el consenso saltó por los aires: unos lo consideraron excesivo, otros insuficiente y todos lo aborrecieron tras varios años de eternas discusiones sobre su redactado e impugnaciones.

Los recursos de inconstitucionalidad que interpuso el PP y concretamente Mariano Rajoy -que sin duda ha tenido ideas mucho mejores que aquellas- y la posterior sentencia laminadora, encendieron los ánimos del soberanismo y se impuso la tesis de que «con España no hay nada que hacer». Ante el descalabro del tripartito en Cataluña y de Zapatero en el conjunto de España, Mas alcanzó la Presidencia de la Generalitat a finales de 2010, pero sin mayoría absoluta (68). Se quedó en 62 diputados.

Dedicó el año 2011 y el primer trimestre del 12 a los imprescindibles recortes por la crisis, y su austeridad le pasó factura en las encuestas. En abril de 2012 le daban entre 53 y 57 diputados. Decidió entonces pulsar la tecla épica, y bajo la reclamación del «pacto fiscal» (una especie de concierto económico a la catalana) calentó la manifestación de la Diada de aquel mes de septiembre. A través de TV3 y de Cataluña Radio se convocó machaconamente a la gente y por fin Mas podía hablar de algo más que de hospitales cerrados. Se organizaron y pagaron autocares el día señalado. La participación fue masiva, como nunca antes. A todos sorprendió, incluso a los convocantes.

El entonces director de La Vanguardia, José Antich, a quien siempre le ha interesado más el poder que el periodismo, leyó mal el sentido de aquella manifestación y le aconsejó a Francesc «Quico» Homs, entonces portavoz del Govern, que convenciera a Mas de anticipar las elecciones para aprovechar el momento emocional, voltear los sondeos y alcanzar la mayoría absoluta.

Antes de ello, Mas quiso armarse de razones y visitó al presidente Rajoy en La Moncloa para exigirle el pacto fiscal, amenazándole con la convocatoria de un referendo sobre la independencia si no se lo concedía. Mas sabía antes de viajar cuál sería la respuesta, y la necesitaba para escenificar, una vez más, el mantra independentista de que Cataluña necesita un Estado propio porque el español no le sirve. El presidente del Gobierno ni pudo ni quiso acceder a tal chantaje y Mas, a su regreso a Barcelona, convocó elecciones anticipadas para el 25 de noviembre, y lo cuarto que rompió fue la holgada aunque no absoluta mayoría de Convergència, pasando de los 62 a los 50 diputados en lugar de ganar los seis que le faltaban.

Esquerra, que pasó de diez a 21, fue la gran vencedora de la noche, y para votar la investidura de Mas le puso como condición única la de anunciar en el tiempo máximo de un año la pregunta y la fecha del referendo sobre la independencia. Mas, que ni quería la independencia ni meterse en el lío de organizar un referendo ilegal, trató de enredar a Junqueras y a ERC todo lo que pudo y más, pero al final no tuvo más remedio que anunciar la consulta secesionista para el 9 de noviembre de 2014.

Todos los intentos de que el Gobierno o el Congreso aceptaran aquel refrendo fracasaron uno tras otro, pero Mas no podía permitirse quedar mal con Junqueras, a quien quería convencer de acudir a las elecciones bajo una candidatura unitaria porque estaba convencido de que los republicanos iban a ganarle si se presentaban cada uno por su lado. Al final, Mas pactó con Rajoy que la consulta se celebrara pero sin que la organizara la Generalitat, para restarle cualquier valor político y que fuera sólo una manifestación cívica más. Es lo que finalmente sucedió, pero Mas quiso jugar a ser más listo que Rajoy y para quedar bien ante los votantes independentistas, después de haberles rebajado el referendo a farsa, salió el día de la votación a presumir de haber celebrado el referendo pese a la prohibición del Gobierno y además salió por la noche a proclamar los resultados.

La doble consecuencia que tuvo su actuación fue que de un lado los independentistas se dieron cuenta del engaño y la CUP le juró venganza eterna; y del otro el Estado se vio desafiado y dirigió su pesada e implacable maquinaria contra él. Logró la candidatura unitaria con ERC al inaudito precio de romper con la Unió Democràtica de Josep Antoni Duran i Lleida. Junts pel Sí -que fue el nombre de la marca- ganó las elecciones, pero la CUP usó sus diez decisivos escaños para acabar con su presidencia y «tirarle a la papelera de la Historia», como dijeron los anticapitalistas tras obligarle a renunciar a su investidura en favor de Carles Puigdemont.

Desposeído de la Presidencia de la Generalitat y colapsado de resentimiento, se dedicó a la refundación de Convergència. Y lo que no habían conseguido los socialistas ni en sus mejores momentos, lo consiguió Artur Mas en un par de tardes: acabó con Convergència, la marca política de más éxito de la historia de Cataluña, para fundar el PDECat un engendro sin ninguna posibilidad de nada hasta que Junts per Cataluña materialmente lo sustituyó.

Fue condenado por haber organizado el 9-N, además de haberse quedado sin ser president por haberlo adulterado, en una doble desgracia difícil de hallar en nadie más. Tras el éxito de Puigdemont y de Junts per Catalunya, el entorno del fornido quiere el control total del partido y le han enseñado el camino de la salida.

Salvador Sostres ( ABC )

viñeta de Linda Galmor