HOY, MARTES DE CARNAVAL

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HOY, MARTES DE CARNAVAL

Hoy se celebra un martes de carnaval en el festival de otoño, con un esperpento de asunto disparatado: la independencia de Cataluña. “Pronto veréis -se dice en el prólogo de Los intereses creados– como cuanto sucede en la farsa no puede suceder nunca”.

Los que declararán -a medias- la independencia son personajes menores, que han embobado a millones de catalanes, a prelados redondos, a un sector de la izquierda atontada, a estudiantes y a público en general. Se hicieron caudillos de las masas con afirmaciones falsas -como lo de que España les roba- para tapar su discurso antigualitario, supremacista, la última embestida de la extrema derecha nacionalista que acorrala a Europa.

Su conjura ha despertado a los españoles, que se han movilizado pacíficamente aunque, como escribió Condorcet, todo hombre debe ser soldado cuando se trata de combatir la tiranía o el fanatismo. Durante unos días hemos estado al borde de la hecatombe y en el inicio de una vieja crisis, que durará muchos años y que tiene mal arreglo. Estos demagogos nacionalistas, con la explotación de los agravios, las mentiras reiteradas, la manipulación de los sentimientos, engañaron a los ciudadanos diciéndoles que Cataluña tenía derecho a exigir un referéndum de autodeterminación como si fuera una colonia.

Puigdemont culpó al Gobierno de los registros que se hicieron por orden de los jueces y fiscales; comparó, después, la intervención de la Policía y la Guardia Civil con la represión en Turquía. Mientras, Junqueras, especialmente farolero, miente desde el púlpito. Como Don Estrafalario, el clérigo de Valle-Inclán que colgó los hábitos, ese sepulcro blanqueado ha lanzado bolas de dictador bananero. Dijo que no hay que preocuparse de que los bancos se vayan de Cataluña, porque van a los países catalanes y no a Madrid; insistió en que las agencias de calificación no consideran basura el bono catalán. Recordarán con qué cara dura negó que el Tribunal Supremo había aceptado el recurso contra la intervención de las cuentas de la Generalidad. Y así, sucesivamente.

Federico II el Grande lanzó la siguiente pregunta a los filósofos: “¿Es conveniente engañar al pueblo?”. A pesar de haber escrito el Antimaquiavelo, el rey filósofo compartía con el florentino -y con Platón– la teoría de que la sinceridad no es una virtud política y negó que el gobernante tenga que mostrar fidelidad a sus promesas.

Pero estos personajes de trapo, que crecieron en la charca de las mentiras y el latrocinio del oasis, pretendían esquilar a un león con mentiras pueriles y ahora tendrán que huir por las alcantarillas.

Raúl del Pozo ( El Mundo )