ICEBERG A LA DERIVA

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ICEBERG A LA DERIVA

Algo menos de media España (mucho menos, la verdad) está sentada en la grada observando cómo hace el ganso un puñadito de gente dispuesta a perder el último vellón de crédito en la performance de desgajar Cataluña. Estos últimos son tropa abocada a decir frases rotundas ya que no pueden resetear las leyes. Están dispuestos a aventar conceptos confusos como patria, nación, hecho diferencial, territorio histórico y otros tantos eufemismos vulgares que cualquier civilización sensata tiene desde hace tiempo descartados del debate.

El asunto de Cataluña ya no impacta en la mucosa colectiva como antes, pues en el fondo nadie espera que la escisión se vaya a cumplir. Si a esto le sumas las altas temperaturas, siempre pierde Puigdemont, que es un sujeto tan amortizado que ya no vale de mayoral de su propia causa. Cómo fiarte de un tío que nunca duda. Lo de la independencia es un asunto agotado. Está claro cuando confirmas que el tema le vale a cualquier político para hacerse las ingles en público. Todo delirio sostenido en el tiempo se convierte en pasto de refrán, que también es cosa de perezosos o tronados. Y lo de Cataluña está a punto de nieve para que nada cambie a más. Aunque se perciba el ambiente más encabronado, más siniestro, más guerrero. Tanto por el inmovilismo de un lado como por el circo del otro. Bien encabalgados sobre una frivolidad aerodinámica de corte y confección, como si no existiesen lazos muy por encima del falso horizonte de la liberación.

Vivir en el simulacro permanente conduce a la melancolía. O peor: al desespero de la prisa, que tantas veces encierra una miaja de violencia. Debiéramos aprender del bloque de hielo que se ha separado de la Antártida. Ocupa 10 veces la superficie de Madrid y su futuro resulta difícil de predecir. He leído por ahí que un iceberg a la deriva es un crucero de almas muertas. Pues aún así pinta más poético y menos coñazo que lo que está por venir. Este fregao. Este esperpento. Este absurdo corral de convencidos. Sólo queda ver a Puigdemont, mártir perdido, bailando una sardana en lo alto de un tractor.

El Mundo

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