ICETA: EL FOUCHÉ CATALÁN, SERVIDOR Y TRAIDOR A TODOS LOS OFICIALISMOS

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ICETA: EL FOUCHÉ CATALÁN, SERVIDOR Y TRAIDOR A TODOS LOS OFICIALISMOS

A propósito de la lealtad de Iceta, ese clavo ardiendo al que estas vísperas se aferran casi todas las esperanzas del constitucionalismo hispano, le confesó en cierta ocasión Narcís Serra a su buen amigo Joaquín Leguina que dura menos que la fecha de caducidad de los yogures. Y Serra lo conoce bien desde los tiempos en que fuera su mano derecha en la sede de la Vicepresidencia del Gobierno.

Miquel Iceta i Llorens (Barcelona, 1960), el primogénito de un acaudalado empresario vasco afincado en Barcelona de quien heredaría a muy temprana edad, convirtiéndose así en uno de los tres diputados autonómicos con un mayor patrimonio personal en el instante de entrar en vigor la Ley de Transparencia, es lo más parecido a Rodolfo Martín Villa que ha sido capaz de producir la socialdemocracia catalana.

Y no por intrigante, que también, sino porque nada tiene que envidiar al del SEU en cuanto a su mítica precocidad para hacerse un hueco en la política profesional. Al punto de que, con apenas 20 años cumplidos, ya disponía de un despacho, una secretaria, un coro de aduladores y una nómina de 14 pagas a jornada completa en la sede de la Federación de Barcelona del PSC.

Si bien ese PSC, en cuyos pasillos ha pasado toda su vida desde entonces, no fue el primer partido donde militó. Iceta, cuyas maneras algo curiles aún delatan a ojos del observador atento al muy pío y devoto doncel que se acercó a la vida pública desde los movimientos parroquiales de la Iglesia, tuvo su primer contacto con la política en el difunto Partido Socialista Popular de Tierno Galván, de cuyas juventudes en Cataluña llegaría a ser imberbe jefe. Época, por cierto, de la que procede su estrecha amistad con Javier Nart, el por entonces líder del tiernismo en la plaza.

Ese tipo de apparatchiks crecidos a la sombra de las salas de máquinas de los partidos suelen ser tipos listos, zorrunos, muy astutos. Pero Iceta, además, es inteligente, algo no tan habitual en su gremio. De ahí lo extraño de que cometiera en su día el único error grave que se le conoce: dejarse salpicar personalmente cuando Josep Maria Sala, el organizador de la trama Filesa, fue condenado y encarcelado por ello.

Nadie se extrañe, pues, de que el jefe de campaña y mano derecha del españolista convicto Josep Borrell en su intento fallido para ocupar la Secretaría General del PSOE resultara ser el mismo Miquel Iceta que, algún tiempo después, reaparecería en escena como el condotiero entre bambalinas del que se serviría Pasqual Maragall para engrasar su alianza con la Esquerra de Carod-Rovira y Puigcercós cuando el catalanismo político ya amagó por primera vez con romper la baraja constitucional.

Después, y fiel a sí mismo, le faltaría tiempo para sumarse raudo al sanedrín de los capitanes de reemplazo que, comandados por José Montilla, lo derrocaron para dar paso a más de lo mismo con el segundo tripartito con ERC. La joven Inés Arrimadas habla castellano, catalán, inglés y francés. Pero este Iceta sabe latín.

José García Domínguez ( El Mundo )