ICETA Y EL NUEVO ARANCEL CATALÁN

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ICETA Y EL NUEVO ARANCEL CATALÁN

Como profesor de la Universidad de Sevilla, de la que fue rector, Ramón Carande, el gran hacendista y autor del monumental estudio sobre Carlos V y sus banqueros, protagonizó una desternillante anécdota que suele evocar con memoria pródiga y gusto por la conversación el maestro de mercantilistas que es Manuel Olivencia. Cuando explicaba la exclusividad del Estado para la emisión de moneda, un alumno de primer curso le interrumpió y, como el que no quiere la cosa, le espetó: “Siendo como usted lo cuenta, don Ramón, ¿por qué no se hacen circular más billetes y se reparten a todo el mundo por igual?”.

Sin perder la compostura, pese a sus repentinos ataques de ira, el ilustre palentino acalló los murmullos y, con una sonrisa no precisamente beatífica, le preguntó a su vez: “¿Qué edad tiene usted, señor mío?”. Al responderle que 17 años, exclamó facundo: “¡Qué maravilla! No puedo contestarle, pero sí aconsejarle que no venga más a clase. No se le ocurra leer absolutamente nada ni tampoco prestarle sus oídos a quienes pretendan explicárselo. Abandone ahora el aula y conserve siempre su seráfica inocencia“.

Como la escena tuvo como marco el curso 1946-47 y la capital hispalense, hay que descartar que aquel ingenuo discípulo fuera Miquel Iceta, aspirante socialista a la Presidencia de la Generalitat. Pero, sobre todo, hay que desecharlo porque no se trata, en su caso, de un alma cándida. Más bien, al contrario. Ha echado los dientes (puede que hasta los de leche) en el partido (primero en el PSP y luego en el PSC) hasta retorcer sus colmillos. Eso sí, ha evitado que le sobresalgan tantocomo para tener que limárselos. A la sazón, fue lo que hizo el mismísimo Mitterrand en las presidenciales de 1980 para evitar que su vampírica imagen echara a perder los carteles en los que figuraba su foto junto al lema “La fuerza tranquila”.

Por eso, cuando Iceta proyecta remediar la financiación de Cataluña con una quita de la deuda que acumula con el Estado (unos 52.000 millones de vellón) y la creación de una Hacienda propia, a la vez que deja la puerta abierta a que lo hagan las demás comunidades para que no se interprete como privilegio alguno, hay que entenderlo como una muestra de perspicacia al servicio de un gran engaño que, si se pone atención, se ve a tiro de escopeta. A mucha cortesía, mayor cuidado, que dice el clásico.

Si en la novela de Orwell los animales promueven una revolución en la granja para que todos sean iguales, pero pronto se comprueba que unos son más iguales que otros, el pacto fiscal (concierto con barretina) que alienta Iceta, con la anuencia de Pedro Sánchez, dejaría el Estado en las raspas y la solidaridad interterritorial en cosa de la beneficencia, como columbra cualquier hijo de vecino que no se despiste con el juego de cubiletes del trile. Y eso explica, por ejemplo, que la presidenta andaluza, Susana Díaz, quien creció conociendo a los trileros de la sevillana calle Sierpes, haga mutis por el foro en la campaña catalana, y el resto de barones socialistas se impongan a su vez voto de obligado silencio.

Si se aplicase esa regla de tres, los contribuyentes que más tributos consignan al erario deberían recibir más contraprestaciones. Defenderlo desde la izquierda no deja de tener su aquel. Se deberá a esa crisis de identidad de la socialdemocracia de la que habla Manuel Valls, ex primer ministro francés. Por muchas salvaguardas que se establezcan al respecto y por más que se dore la píldora con que esa Hacienda propia funcionaría en consorcio con el Estado, tendría la misma eficacia práctica de, por ejemplo, la Alta Inspección Educativa con respecto al adoctrinamiento en las aulas o de la Junta de Seguridad con relación a la coordinación ministerial con los Mossos.

No es, en consecuencia, Iceta ningún arbitrista que discurra proyectos disparatados, al uso de aquel “argigogolante” -así los denomina Quevedo en El buscón don Pablos– que formula conquistar la inexpugnable Ostende (Amberes) secando el mar con esponjas, sino que responde a un plan rataplán para catapultarse como candidato que genere el mínimo común divisor que le reporte ser el único presidente factible el 21-D en caso de que ni constitucionalistas ni independentistas, como todo apunta, dispongan de mayoría por sí mismos y no quede otra que un gabinete mestizo. De esta guisa, se obraría un efecto como el que la escritora norteamericana Gertrude Stein registraba en la pintura de Picasso: “Un cuadro puede parecer sumamente extraño y, al cabo del tiempo, no sólo deja de parecerlo sino que resulta imposible descubrir que había en él que pudiera parecernos extraño”.

Francisco Rosell ( El Mundo )