IGLESIAS CAVA FOSAS PARA LOS TRAIDORES

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IGLESIAS CAVA FOSAS PARA LOS TRAIDORES

Desde que Pablo Iglesias trató de frenar en seco cualquier veleidad de rebeldía entre sus acérrimos enemigos de partido con aquel drástico «ni media tontería» dirigido a Íñigo Errejón, Podemos ha implosionado. Resulta ingenuo y difícil creer en un mero error involuntario o en un simple descuido en un chat telefónico, como ha alegado Carolina Bescansa tras ser sorprendida en una conspiración típica de cada extrema izquierda del planeta. Podemos está horadado por el odio interno, la ambición de poder, la depuración del disidente y algún tipo de gestapo postmoderna y delatora que informa a Pablo Iglesias de cualquier movimiento traidor antes incluso de que se produzca. Por si acaso. Los besos a la siciliana son lo que fueron siempre, procesos de laminación soviética, condenas inapelables y fosas en el desierto.

Podemos ya es un partido de los de toda la vida, en los que la democracia interna, la opinión, el libre pensamiento del militante y la libertad de expresión son un mero escaparate, un recurso con el que engañar al votante con un proyecto ilusorio. Incluso un icono de Podemos como Manuela Carmena está harta y coquetea en un intercambio de ambiciones inmorales con el PSOE más desnortado en décadas. Podemos ha dejado de ser una ilusión óptica para los indignados y un símbolo transversal de la regeneración política.

Es solo la representación virtual de un proyecto en el que el silencio interno, la humillada adulación al líder, y una lealtad de férrea dictadura basada en el miedo a discrepar valen tanto como la consecución de un escaño. Bescansa lo sabe y por eso confabula contra Iglesias para mantener las prebendas regaladas por los votos. Derrocar por derrocar. Es la eterna esencia de aquel comunismo que siempre arruina a quien lo abraza. Es la inercia de una ideología y de un método de conquista del poder en cuyo ADN reside la autodestrucción.

En Podemos crece el número de simpatizantes y votantes que creen que el egocentrismo de Iglesias ha echado a perder una bicoca. Y la disidencia está en el trance de recuperar la esencia antes de que sea tarde, o de rendirse por miedo trufado de legítima ambición, como hace Íñigo Errejón. No hay lealtades, sino intereses. Pero diseñar, como ha hecho Bescansa amparándose en Errejón, una traición de neo-caudillismo para provocar una guerra civil, ya no revela una inquietud poética por el futuro, sino un ánimo de venganza por la humillación sufrida. Iglesias no dudará. Se cavan fosas en el desierto.

Manuel Marín ( ABC )

viñeta de Linda Galmor