Un joven sin futuro llamado Ramón

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Un joven sin futuro llamado Ramón

«Ten cuidado, Ramón, lo que estás diciendo no lo puedes probar». Sentados algunos periodistas en una tertulia televisiva con Ramón Espinar, este es apercibido por el conductor (hoy expresentador en paro) ante el calibre de las calumnias tipificadas en el Código Penal que el muchacho le dedica a Mariano Rajoy. Creo recordar que Espinar le imputó delitos de lesa humanidad como ir matando niños por desnutrición y aniquilar la Sanidad pública para dejar morir voluntariamente a la gente sin recursos. Nervioso, correoso, desconfiado con todos, exigió dos cosas. Una, ser rotulado como integrante de un colectivo social de garantizada empatía: Juventud sin futuro.

Corría 2014 y su amigo Pablo Iglesias le mandaba de ariete de todo un género televisivo que hizo fortuna: poner en marcha la máquina del fango, la trituradora de carne, cuya paternidad sus inventores le adjudican ahora a Juan Luis Cebrián. A Espinar lo habían sacado de los sin futuro para ensuciar el nombre de cuantos adversarios políticos obstaculizaran el camino de la libertad y la justicia social que solo la nueva política podía desbrozar. Tenía mimbres. Al joven sin horizonte se le iba la lengua a la calumnia, pero ya estaba el presentador para reconvenirle: mitad por la afinidad ideológica y mitad por proteger a su medio de un querellazo que ni Atticus Finch hubiera ganado. Nunca entendí lo de que Ramón fuera un joven sin futuro.

Sospeché que por lo menos presente tenía: cobraba un buen pellizco por la tertulia, cantidad muy lejana a la de los plumillas; trasteaba con un móvil de última generación que sus compañeros de colectivo no soñarían tener; y vestía ropa de firma. Cuando además supe que papá Espinar se había dejado seducir por una visa a la que sacó brillo en los comercios más selectos del Madrid de la casta entendí que el futuro le sonreía. Eso sí, la segunda condición del hijo era que en sus masajes televisivos no se le interpelara por las andanzas de papá. Niño Ramón incluso aseguraba en privado que no se hablaba con su incorregible padre.

Ayer resolví la tercera pata del enigma: su pasado. Resulta que el joven sin horizonte consiguió que el banco conjurara ese estigma depositando en él una confianza que a padres y madres de familia con sueldos fijos les negaban con una sonrisa. Y a él, con una beca de menos de 500 euros, le largaron una hipoteca subrogada para comprarse una vivienda protegida que tardó en vender y convertir en lana menos que en poner este twitt de su factoría: “Somos los hijos de los obreros que no pudisteis matar”

 Me queda la duda si lo de obrero iba por los 175.000 de la black de papá o por los 150.000 que costaba el chabolo (Ramón habla así: curro, chabolo, lana…). Y parte del dinero se lo prestó el padre al que dejó de hablar. Un desagradecido me parece. Obviaré, por no mimetizarme con él, que la casa estaba en Alcobendas, cuyo alcalde coincidió en Caja Madrid con el papá malo y con el presidente de la cooperativa. Eso ya sería fango.

Mayte Alcaraz ( ABC )

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