LA BANDERA ESTRELLADA

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LA BANDERA ESTRELLADA

Poco a poco la anunciada fecha del 1 de octubre se va acercando. El camino se estrecha y las excusas o las bravatas van a ir dejando paso a la deserción parcial o total de muchos de los llamados a protagonizar la rebelión endogámica prevista. El ‘yo soy mejor’ o ‘mi calle, mi farmacia y mi campo, y más allá no quiero saber nada’, se ha llevado al último extremo de la temeridad y la imprudencia. Las mentiras más gordas, las verdades a medias, las más absurdas poses, todo dibuja una imposible e inalcanzable república, eso sí, que nacería aislada y sin la más mínima viabilidad económica. Está todo dicho, votar por ‘lo tuyo’ sin ser tuyo es tan democrático como la nueva asamblea nacional constituyente de Venezuela, diseñada por Maduro.

La nueva estética que adquirió la llamada patria chica con bandera, estatuto y parlamento, se les atragantó a muchos. Querer ser San Marino, Luxemburgo, Liechtenstein o hasta una pequeña Suecia puede ser respetable, pero hay que tener legitimidad para ello. Cualquiera de nosotros puede trasladarse a Cataluña mañana, empadronarse y en apenas días tendrá la naturaleza jurídica de catalán, ya podría votar en cada cita electoral, ya tendría el ‘derecho a decidir’ independencias y demás zarandajas. Aquellas tierras no son sólo de los que la habitan, es duro tenerlo que decir pero Cataluña no es de los catalanes, ellos solo están allí. Es el modelo estado nación que nos dimos y que solo es el reconocimiento constitucional de un hecho jurídico e histórico causante y un hecho sociológico evidente.

Quizá sea ese complejo nacional, que tantas cuestiones arrastra, la causa de que el PSOE de Sánchez ofrezca sólo un extraño apoyo, exigiendo que no se eche mano de la ley para impedir el golpe de estado, que es el referéndum secesionista ilegítimo y autoritario. Es una forma de sugerir limitar la capacidad de acción de las instituciones democráticas. De otro lado, la formación política morada tampoco está por la lealtad. En un análisis desinformado y superficial -aun no estando a favor de la secesión- se concede a la población el derecho a votar qué hacer o no, sin reparar en que nadie decide por un trozo de España que no sean los españoles.

Y es que lo dice la ley, pero también lo dicen la lógica, el sentido común y la historia. No hay derecho que ampare la pretensión independentista. La libre autodeterminación de los pueblos reconocida por la ONU sólo lo es para el pueblo español, ese es el ‘pueblo’, y si tomamos la acepción pueblo de manera sesgada o intentando hacer similitudes o analogías, cualquier pueblo, Tordesillas o Vilanova i la Geltrú, podrían tener ese derecho y poner sobre la mesa cualquier cosa.

Siempre ocurren acontecimientos y muchos son así, extraños, llenos de mentiras, artificiales y ciertamente incómodos. Si fuera verdad que la mitad más uno de los catalanes estuviera por la labor, también sería ilegítimo, ilegal e imposible. Pero, además, no hay ni esa mayoría de mínimos, es un atropello de los que más gritan a los que callan o hablan a menor nivel de decibelios. Toda esta situación delirante e impensable sólo lleva al enfrentamiento social, a la pérdida de la serenidad y al riesgo de enlentecer o paralizar la prosperidad y el progreso.

¿Tan difícil es digerir el éxito económico y social de una comunidad que no puede asimilarse sin intentar prescindir del resto del país?, ¿es de recibo argüir que el hecho bilingüe crea tales señas culturales y de identidad que la presunta diversidad hace imposible la pertenencia a España? No hay un hecho cultural distinto por mucho que se diga y repita, las costumbres y tradiciones o el idioma no son la marca de grandes diferencias, aún a fuerza de lo que se quiera fabular.

Ya no se discute si habrá o no buen término del ‘procés’, pues no habrá nada. Ya sólo se cuestiona cual de tantos instrumentos legales de los que el Estado dispone se aplicará al caso. Urnas para votar aquello que legalmente no se tiene ni puede disponerse, sencillamente, no las habrá. En este caso, se trata de lo legal y lo justo, que ampliamente coinciden. Un delirio es sólo un sueño impostado que no puede tener traslado más allá de los límites de la cama.

Joaquín L. Ramirez ( Opinión Sur )

viñeta de Linda Galmor

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