LA BRIZNA

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LA BRIZNA

La pregunta del millón: ¿esos tipos que defienden el independentismo por narices, aunque les cueste la cárcel y se queden sin blanca, van a seguir como hasta ahora o se ceñirán en lo sucesivo a lo que prescribe la ley? No es opinable que algunos de ellos, los duros de la CUP, los sudorosos porteadores del paso de la República más extrema, defienden la primera opción. Tampoco hay duda de que se sienten solos en esa apuesta. No hay día en que no hablen del PDeCAT o ERC en términos de franca desconfianza. Creen que su antiguo entusiasmo por el procés se fue a hacer gárgaras en el instante mismo en que el Estado represor abrió las puertas de Estremera y obligó a los más caguetas a refugiarse en la Grand Place para no acabar jugando al chamelo con Junqueras.

Su recelo es razonable. Después de haber escuchado a Sánchez, a Cuixart, a Forn y a Forcadell comprometiéndose a renunciar a la vía unilateral como si fueran pobrecitos pecadores renunciando a Satanás durante la penitencia, ¿quién puede reprocharles que tengan la mosca detrás de la oreja?

En las antípodas de la CUP, Arrimadas dijo que a otro perro con ese hueso. No se cree ni en broma que el desafío independentista esté en almoneda. No le cabe ninguna duda de que detrás de la nueva puesta en escena siguen estando los mismos de siempre, con la misma idea de siempre. La ambigüedad de Roger Torrent en su primer discurso no le hizo picar el anzuelo. Al PP, sí. Llamativo. Los supervivientes populares del naufragio electoral calificaron de conciliadoras las palabras del nuevo presidente del Parlament, dijeron que suponían «una brizna de esperanza» y admitieron que podía producirse una ruptura con los métodos que había venido utilizando Carmen Forcadell. ¿Torpeza improvisada? No lo parece. Al mismo tiempo que Santi Rodríguez hacía estas consideraciones ante los corrillos de la prensa catalana, los voceros de Moncloa, en bisbiseos off the record, decían prácticamente lo mismo ante la prensa de Madrid.

Por razones misteriosas, las cabezas de huevo del poder han decidido sustituir el gesto fruncido y admonitorio de su partido por otro amable y pastueño, tal vez con la secreta esperanza de poder endosarle a Inés Arrimadas el papel de bruja que hasta ahora les había correspondido ejercer a ellos en este cuento. Si no lo han hecho por eso, solo se me ocurre otra explicación posible: que estén tan convencidos de la eficacia medicinal del 155 que quieran presumir ya de sus efectos benéficos para colgarse cuanto antes la medalla. El mensaje es claro: los independentistas abandonan el camino de la pérfida unilateralidad obligados por nuestra astuta estrategia intimidatoria.

Si es así cometen, creo, dos errores de bulto. El primero, de precipitación. Ya nos han dicho otras muchas veces que tenían la situación controlada y han acabado haciendo el ridículo. El segundo, de ingenuidad. Aunque fuera cierto que los independentistas estuvieran dispuestos a abandonar el camino del desafío a la ley por miedo a sus consecuencias (yo también sospecho algo de eso) sigue sin haber suficientes motivos de júbilo.

Que al final no prospere la tesis de la investidura telemática, que los fugitivos belgas no puedan ejercer el voto delegado, que Junqueras siga en la cárcel hasta su inhabilitación, que los nuevos consellers tengan que pagar de su bolsillo los viajes a Bruselas para rendirle pleitesía a Puigdemont o que se aplace la implementación efectiva de la independencia no significaría que hayamos ganado la batalla.

Si alguien cree que la apuesta separatista por el pragmatismo a corto plazo significa olvidar el programa máximo ya puede ir pidiendo hora en el oculista. Pincho de tortilla y caña a que, utilizando su propio lenguaje, aprovecharán la legislatura para ir ensanchando la base social de la República hasta que llegue el momento de asestar el golpe definitivo. Solo cuando el peligro haya desaparecido del todo tendrá sentido hablar de briznas de esperanza. Hasta entonces estarían más guapos mimetizado el gesto ceñudo de Arrimadas. El político y el oso, cuanto más cauto, más hermoso.

Luis Herrero-Tejedor ( ABC )

viñeta de Linda Galmor