LA CAZA DEL HIDALGO

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LA CAZA DEL HIDALGO

Sabemos que España progresa por la sana evolución que revelan los intereses de nuestro periodismo de investigación. Que empezó por lo más alto, aventando crímenes de Estado, siguió por la coima urbanística, llegó hasta la financiación en B de los partidos y ha terminado en la mentira curricular. Que del asesinato hayamos bajado hasta el maquillaje y del delito a la falta -incluso al error estético- indica la sofisticación del alma española desde que inventó la picaresca: ya ni se mata ni se roba como antes, y ya ni siquiera toleramos que nos mientan. Dinamarca sigue lejos, pero menos.

Se ha abierto la veda del currículum tuneado y andan los sabuesos del oficio quemándose las pestañas sobre las cuentas de LinkedIn de los políticos. La cosecha será transversal, como lo son la coquetería o la ambición: hay reos de titulitis en el PP y en Podemos, y los que faltan. El máster es la nueva recalificación: una pista para malpensados. Como tantas cosas antes, la autoficción ha pasado de la literatura al periodismo para fundar el nuevo subgénero del CV maqueado, que amenaza con justificar proyectos editoriales tan indigestos como aquellas biografías urgentes de los reyes del pelotazo. ¿Quién no tiene en el salón, a juego con el cenicero, un libro sobre Mario Conde? ¿Quién no tendrá un Cifuentes: la ambición rubia?

Yo sospecho que este Salem de brujas de escoba sin matrícula no es tanto el síntoma de nuestro refinamiento ético como la nueva variedad de la vieja madera del escándalo que ha de alimentar la hoguera perpetua de las vanidades. Redes y televisiones, cuyo horror al vacío rivaliza con un retablo de Berruguete, programan el bucle del espectáculo para consumo de airados. Ahora bien. ¿Por qué nos indigna hoy lo que hace unos años nos parecía hasta simpático, como las altas responsabilidades que recayeron sobre candidatos tan ajenos a las aulas como Corcuera, Blanco o Montilla? No solo por el doble rasero que desata la ira ante el clasismo de la derecha frente a la ternura que inspira el ascenso de la izquierda.

No solo porque España fue durante siglos coto vigilado de los delatores de sangres impuras y credos heréticos; psicosis que alumbró la dudosa clase de los hidalgos, hijos de algo, no se sabía bien de qué. La impostura heráldica de entonces equivale al máster fraudulento de ahora, y nos irrita porque hoy la formación constituye la única palanca de desclasamiento en una economía global que te pagará por lo que sabes hacer, no por lo que estudiaste. El privilegio de un sueldo público se explica por la ejemplaridad; cuando esta falla, el cobijo de una nómina de Estado se vuelve insoportable para el contribuyente.

Jorge Bustos ( El Mundo )