La crisis de las pulgas

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La crisis de las pulgas

Lo escribió Francisco de Quevedo: «Pulgas me pican, el candil está muerto». El candil socialista se va apagando y el régimen de la tortilla también, según cuentan los que aún se creen las encuestas.

La pulga, con la que se compara David al ser perseguido por Saúl, simboliza la decadencia del sistema subvencionado de Andalucía. No hay basurero sin pulgas y ellas, las atrevidas, las pequeñas desolladoras, que viven de chupar la sangre incluso a los gatos atacan a los escolares, a los caballos delante de los carruajes que esperan a los guiris a la sombra de la Giralda para llevarlos al Parque de María Luisa, a la catedral o al Alcázar. Pulgas sin alas, pulgas béticas descendientes de las que quitaban las criadas a las grandes damas del puerto de oro de las Américas. La plaga llegó al mismo tiempo que el auto del ropón Martín que redactó un pregón para sentar en el banquillo a un partido, a un régimen, a un modo de gobernar.

«Al PSOE le han dado una patada en los mismísimos. Y en Andalucía va a empezar la caída del régimen el día 26 de junio». Lo dice un andaluz y contesta otro: «Esto no lo tira ni el terremoto de San Francisco. Éste es un régimen clientelar a la italiana». Un socialista matiza: «Ha sido una corrupción socializada, repartida. Como fue la de Fraga en Galicia o la de Rita Barberá en Valencia». Pero el auto demoledor del juez Martín va a empaquetar a dos presidentes de la Junta, a dos dirigentes históricos del PSOE y a 26 altos cargos de la autonomía más extensa de España. Los va a acusar de decidir resoluciones políticas contrarias al derecho del modo más grosero».

Es verdad que el saqueo de los ERE -subvención electoralista, reparto-, comparado con el saco de Bárcenas, Pujol o Rato es una pedrea de un gordo, una corrupción igualitaria pero retrata a políticos que iban a dar su nombre a un siglo y que después del escándalo van a pasar a la memoria como viles almas de corchete, como el Antenor que vendió Troya .

Cada político simboliza la necesidad de un tiempo. Ahora Andalucía se llamaTeresa Rodríguez. La gaditana ha dicho a los de la izquierda y a los errejonistas que quieren pactar con Susana Díaz que gobernar es rendir cuentas y que este auto es una vergüenza para los andaluces. Y, frente a esa falacia, mendicidad o sofisma de la supuesta honradez personal de los padres de la patria andaluza, ella ha recordado que no hay vicio más odioso que el de traficar con bienes del Estado.

Raúl del Pozo ( El Mundo )

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