LA DEGENERACIÓN DE LO INSTITUCIONAL

vivala

LA DEGENERACIÓN DE LO INSTITUCIONAL

La toma de posesión de Quim Torra como presidente de la Generalitat se pareció más a un desahogo folclórico que a un acto institucional. Es cierto que el secretario invocó la Constitución y el Estatuto, así como la autorización firmada del Rey Felipe VI y de Mariano Rajoy; pero todo lo demás, toda la puesta en escena, estuvo milimétricamente calculada para marcar distancias con la única legitimidad posible en una democracia, que es la que emana del orden constitucional vigente.

Esta vez el guion preparado por los incansables publicistas del procés requería austeridad, porque se trataba de subrayar al ausente más que de entronizar al presente. Cumplir por la mínima con la exigencia legal mientras se mandaba a los fieles el mensaje propagandístico de rigor: que Torra no es más que el interino que le guarda la silla al genuino president en el exilio, Puigdemont. Por eso no recibió el medallón que simboliza la Presidencia, estratégicamente colocado sobre la mesa para dejar claro que su dueño real no estaba allí. Torra imitó la fórmula de su antecesor -y hoy patrón- para prometer el cargo: «Cumplir lealmente las obligaciones del cargo de presidente de la Generalitat con fidelidad al pueblo de Cataluña representado en el Parlament».

Que el Gobierno no haya querido enviar a ningún representante a semejante ceremonia se explica por el deseo de manifestar su pública discrepancia con un Govern que quizá tenga que intervenir pronto. Pero esa decisión metaforiza el absentismo del Estado en Cataluña durante décadas que tanto estamos pagando. Con el 155 en vigor, no se comprende el enojoso conformismo con que el Gobierno ha vuelto a consentir la enésima mofa de la liturgia constitucional. Aunque en realidad esa actitud no es sino el corolario de la intervención medrosa y burocrática en que ha consistido esta primera aplicación del 155.

Si la contumacia separatista hace necesaria una segunda, ya no podrá hacerse de la misma manera elusiva que la primera. Por eso el consenso entre PP, PSOE y Cs es buena noticia. La propuesta de Pedro Sánchez de regular las tomas de posesión para que no degeneren -empezaron a degenerar desde que en 1991 el Tribunal Constitucional refrendó la fórmula de juramento «por imperativo legal» inventada por los senadores de Herri Batasuna- no puede ser más pertinente.

Afirmar que la democracia reside en las formas no es un tópico hueco. Occidente ha necesitado siglos para refinar los cauces de expresión de la voluntad popular, hasta cuajar un complejo sistema de representación que justifica la delegación del poder en las manos democráticamente elegidas. Violentar el protocolo para someterlo a las demandas propagandísticas del procés no agrede solo a la unidad de España: antes constata la degradación de las propias instituciones históricas de Cataluña, cada vez más deterioradas por el sectarismo.

El Mundo

viñeta de Linda Galmor