LA DIVISIÓN HACE LA DEBILIDAD

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LA DIVISIÓN HACE LA DEBILIDAD

Los separatistas son un bloque monolítico. Por encima de diferencias de renta, de intereses económicos, de nivel cultural y de modelos de sociedad, presentan un frente sin fisuras ante el Estado democrático. Han aparcado todas sus rencillas y agravios, son conscientes de que en la hipotética Cataluña soberana con la que sueñan están condenados a enfrentarse en las urnas y muy posiblemente en las calles, pero ahora les hermana un propósito común: la independencia.

 El desharrapado militante de la CUP que vivaquea en El Raval cierra filas con el yuppie de La Diagonal, el pequeño comerciante de Gracia con el gran empresario de Pedralbes, el payés del Delta del Ebro con el administrativo de La Caixa y el Mosso d’Esquadra de padres andaluces con el socio del Omnium Cultural de ocho apellidos catalanes. Tienen un enemigo al que detestan, inventado sin duda, pero que perciben como real tras décadas de adoctrinamiento televisivo y escolar. El odio les une con su pegamento fétido y no ven otra cosa que a la opresora España.
No importa que la Hacienda del Estado pague los sueldos de sus maestros, médicos, enfermeras y policías, que la Autonomía catalana esté quebrada y sea el Tesoro español el que la respalda con su solvencia, que el castellano haya sido expulsado del espacio oficial y público y de la enseñanza, todo eso no cuenta, sólo importa su proyecto de liquidar una nación con cinco siglos de existencia cuyo imaginario yugo no pueden soportar ni un día más.
Tienen un objetivo que actúa como un irrompible cemento aglutinador, les posee el deseo húmedo y excitante de liberarse de unas cadenas inexistentes y de vivir colectivamente -un sol poble- una aventura preñada de épica que les hace sentirse superiores y que les proporciona tan excitante placer que cierran los ojos a cualquier consecuencia negativa del disparate que están cometiendo y a la sarta de mentiras sobre la que han construido su delirio. Son una falange de filas prietas fundida en un ineludible destino que da sentido a sus vidas y su conciencia tribal sin fisuras ha diluido la manifiesta diversidad de la sociedad catalana. Han dejado de ser un conjunto de individuos con gustos, actividades, ideas y creencias plurales para apretarse en una manada homogénea en estampida hacia el desastre.

Del otro lado, el de los partidos supuestamente leales a la Constitución y a la cohesión nacional, el panorama es desoladoramente distinto. Impera la desconfianza, la carencia de una idea de España, la desunión, las zancadillas y el oportunismo suicida. En vez de cooperar lealmente para defender la legalidad y garantizar los derechos y libertades de los españoles, lo que incluye a los catalanes, en lugar de coordinar sus mensajes y ofrecer a sus atribulados compatriotas una imagen de unidad que les proporcione seguridad y tranquilidad, rivalizan en hacer el juego al enemigo para debilitar al adversario político. El Gobierno oscila entre el miedo y la confusión, y la oposición, con la única y loable excepción de Ciudadanos, no desperdicia ocasión de erosionar al Estado y se mueve de la tibieza reticente del PSOE a la pura traición de Podemos.

Estamos atravesando sin duda la etapa de mayor peligro para la supervivencia de España desde 1808, con la diferencia de que entonces nuestros gobernantes cedieron inicialmente ante la potencia militar más poderosa del mundo y hoy se están rindiendo a una pandilla de mediocres corruptos sin otras armas que su fanatismo, su osadía y su demagogia. También hace dos siglos el buen pueblo español atesoraba suficientes reservas de patriotismo y de coraje como para compensar la cobardía de una familia real abyecta y de unas camarillas rastreras, pero hoy, tras cuarenta años de dictadura y otros cuarenta de vaciamiento moral y de dilución de la conciencia nacional, estamos inermes ante la ofensiva conjunta del colectivismo populista y del separatismo rencoroso. Tan cierto es que la unión hace la fuerza como que la división la debilidad. Y es que los malos ganan cuando los buenos, además de permanecer pasivos, andan a la greña.

Alejo Vidal-Quadras ( La Gaceta )

viñeta de Linda Galmor