EN LA FRONTERA DE LO IRREVERSIBLE

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EN LA FRONTERA DE LO IRREVERSIBLE

En alguna ocasión, Tony Blair, forzado a suspender la autonomía de Irlanda del Norte cuatro años, ha referido que, como primer ministro, aprendió que lo laborioso no era tomar una decisión, sino acertar con el momento. No parece ésa la circunstancia de Rajoy. Pese a que su carácter le lleva a dejar que el tiempo haga el trabajo que le corresponde a él, al aguardo de que sus rivales cometan un error, el golpe de Estado a cámara lenta del independentismo catalán amenazaba con arrollarlo y llevárselo por delante junto a la nación entera. Ante la ofensa constante al Estado, Rajoy se encontraba en posición desairada de ser, a ojos vista, un presidente dimitido de sus deberes.

No era para menos observando cómo el Estado era maniatado de pies y manos, impotente cual Gulliver con los enanos, por un independentismo que aprovechaba su irresolución para dominar la partida. Así, después de semanas de dudas y más dudas desde que apuntó la posible aplicación del artículo 155 de la Constitución, el Gobierno, con la inestimable asistencia de PSOE y Ciudadanos, no ha parido un ratón con el que entretener a los españoles, mientras los cabecillas de la asonada, el dúo Puigdemont-Junqueras, aplazaban sus ambiciones quiméricas de proclamar ya la secesión por otra a plazos y con los intereses de demora a cargo del erario.

De haber puesto en marcha un inane artículo 155 de mínimos y ejecutado de manera apocada, ese Estado menguante hasta la conmiseración evocaría a aquel ratón que se asustó tanto que se fue en busca del gato. Mendigando su amor, hizo dichoso a un risueño felino que se dio un placentero festín a su costa. Era de maliciar después de los mil y un plazos dados por Rajoy, atento a cualquier excusa para no activar un instrumento que, copiado de la Constitución alemana, garantiza el cumplimiento de la Carta Magna. No se conocía un ultimátum más demorado.

Al modo de las tiendas de ultramarinos de la España de la postguerra, en las que el papel estraza servía para envolver comestibles y anotar deudas, en las que figuraba un cartel espanta morosos con el Hoy no se fía, mañana sí, Rajoy aparentaba haber hecho divisa de ello. Pero, con ser desesperante, lo era más que implorase a los sediciosos que no le apuraran a emplear la Constitución y que se autoindultaran convocando unos comicios que les absolvieran de sus pecados. Aunque fuera con la intención de cargarse de razón, resultaba patética su mendicante postura ante quienes habían rebasado la raya de la deserción a un punto casi irreversible. Como advierte Gracián en El arte de la prudencia, “menos daña la mala ejecución que la falta de decisión”.

Es difícil no ver reflejada esa indefensión en el “terror y humillación” que sintió la secretaria judicial que escapó por la azotea tras permanecer todo un día cercada en la Consejería de Economía de la Generalitat a donde había acudido para un registro del Juzgado. Un secuestro al Estado, teniendo como rehén a esta secretaria judicial, y a una autonomía que han usado para construir una estructura precisamente de Estado y adoctrinar a sus ciudadanos en el odio a esa España que sufraga a quienes cavan su sepultura. No cabe mayor iniquidad que ceder a ese chantaje por medio de un golpe de Estado de larga preparación sin que los encargados de preservar el orden constitucional y la unidad de España dieran muestras de atender a sus altas responsabilidades.

A ello ha coadyuvado esa izquierda reaccionaria que, de la mano de un sobrevenido antifranquismo, abona una nueva leyenda negra sobre España. Ello dibuja una realidad sobrecogedora que nada tiene que ver con los hechos. Prefigura lo que sería este país en sus manos. A diferencia de esos estafados empresarios capaces de sentar en el banquillo y lograr condenar a los desaprensivos que urdieron intoxicaciones para tener vacaciones «gratis total» en España, el Gobierno ha tolerado hasta el delirio que prosperen operaciones de manipulación de la opinión pública mundial. Menos mal que han salido al rescate los jefes de Estado de las grandes potencias y las autoridades europeas de la manera tan valiosa que lo hizo el tridente TajaniJuncker Tusk en la entrega de los Premios Princesa de Asturias.

Todos ellos parecen partícipes de aquella oración laica que John Donne escribió en 1624 y que Hemingway adoptó para su novela sobre la Guerra Civil española: “Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti”. ¿A quién escapa que el suicidio de Cataluña sería el de España y, por ende, el de Europa?

Con la connivencia estúpida, ora el Tribunal Constitucional, ora los distintos inquilinos del Palacio de la Moncloa, empeñados en no ver cosas que ocurrían literalmente delante de sus narices y que hipotecaban el futuro de España, el nacionalismo ha gozado de indulgencia plena. Ello sin que haya experimentado la sensación del gato que, como apreció Mark Twain, se sentó una vez en una estufa caliente. Desde ese momento, no sólo no volvió a hacerlo, sino que también evitó las frías.

Exentos de cumplir norma alguna, han prodigado esa deslealtad institucional consustancial al nacionalismo. Su preocupación por “la gobernabilidad del Estado” fue un subterfugio para quebrar España. Ese aparente interés general, que tan buenos titulares de prensa le cosechó, fue siempre a costa de onerosos reembolsos del Estado. Ello no fue óbice para lanzar el nauseabundo España nos roba. Asimismo, el mercadeo de transferencias sirvió para la expulsión práctica del Estado y para valerse de esas competencias delegadas, como educación, orden público y medios de comunicación, para sembrar el odio y desgarrar la convivencia.

A ese catalán que definía Pla como “un ser que se ha pasado la vida siendo español y al que le dicen que tiene que ser otra cosa”, se le ha obligado a elegir una parte de sí. Ello ha desembocado en un proyecto totalitario que arranca casi desde la cuna en colegios y asociaciones. España no se entiende sin Cataluña, ni viceversa, por mucha interpretación falsaria de la historia que se pretenda. No por casualidad el patronímico español, de origen lemosín, denominaba en el sur de Francia a los cristianos que, aquende los Pirineos, habitaban la Marca Hispánica Carolingia que abarca territorialmente a la actual Cataluña.

Frente a quienes dicen que hay que hacer decidir al pueblo, pero que lo que aspiran es a condicionar a ese pueblo para ser ellos quienes decidan, es largo y trabajoso hacerse razonar y convencer, como decía Ramón y Cajal, por cuanto sugestionar es justo lo contrario: rápido y barato. Pero es verdad que el Gobierno no ha dado la batalla. Es más. Después de que la vicepresidenta Sáenz de Santamaría emulara a Cicerón en su ácida diatriba contra Catilina: «Quousque tándem, Puigdemont, abutere patientia nostra?» («¿Hasta cuándo abusarás de nuestra paciencia Puigdemont?»), lanzada para debelar la conspiración de quien quiso elevarse al rango de príncipe senatorial, la percepción era que Catilina Puigdemont, no sólo consumaba su asalto contra el Estado, sino que encima le pedía explicaciones. Es lo que ocurre cuando, como Cicerón subraya en otra catilinaria, hay «quienes no ven los peligros inminentes, o viéndolos, hacen como si no los viesen».

Si Lincoln supo afrontar la posible secesión del sur, esclavista, sobre la idea de que «una casa dividida contra sí misma no puede mantenerse», porque un Gobierno no puede perdurar, permanentemente, mitad esclavo, mitad libre, nadie debiera olvidar -del Rey abajo todos- que, como lloró Lincoln en su Discurso de Gettysburg, cementerio de muchos caídos de su guerra civil: “Resolvamos aquí, firmemente, que estos muertos no habrán dado su vida en vano. Que esta nación, Dios mediante, tendrá un nuevo nacimiento de libertad. Y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparecerá de la tierra”. Un humillado Gulliver parece haberse percatado de ello en la frontera misma de lo irreversible.

Francisco Rosell ( El Mundo )