La fuerza del débil

suicidio

La fuerza del débil.

Las ideas implícitas están entre las más peligrosas. Considerar un concepto incluido en otro sin que éste lo exprese abiertamente lo sustrae de toda discusión. Es lo que ocurre con la famosa superioridad moral de la izquierda: lo importante no es si resulta un embuste o no, sino que se ha dado por supuesta durante décadas sin discutirla nunca. En el terreno de lo políticamente correcto, el buenista que reivindica mejoras sociales alude tácitamente al axioma el más débil siempre tiene razón. Un desahuciado tiene razón frente al banco. En el país de las Adas, poco importa si es cierto que la entidad ha tratado mal al cliente o no.

Ni tampoco si el ciudadano pidió un préstamo que no podía pagar. Ni siquiera es relevante si el particular vive de gorra saltando de vivienda en vivienda cuando lo echan, una de las profesiones autóctonas más rentables. No justifico a los bancos que concedían préstamos de riesgo: de hecho, hace tiempo que no sé distinguir entre atracadores y banqueros cuando entro a una sucursal. Pero, por lo que leo en el periódico, casi siempre parece que el desahuciado no lo fue por su culpa ni erró en nada. A veces, leyendo, tengo la impresión de que ni siquiera pidió una hipoteca; caminaba despreocupadamente por un bulevar y ésta le cayó encima.

El buenista que exige para los suyos no comprueba ningún término del axioma El más débil siempre tiene razón. Ni investiga a quién asiste ésta, ni indaga si el débil efectivamente lo es. Y el maná para los supuestos desfavorecidos sigue cayendo del cielo, como en los tiempos del Éxodo: ¿merece Gútiez que el Estado le conceda una beca? Claro, siempre que saque por lo menos un cuatro. Si les exigimos nota a los chavales corremos el riesgo de que terminen estudiando.

Rafael Cerro Merinero

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