LA GENTE Y EL PUEBLO

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LA GENTE Y EL PUEBLO

Para Pablo es “la gente”, y para su cada vez más discípulo Pedro, “la militancia”. Para Pedro y Pablo esos son los “dioses” políticos de los cuales ellos, y solo ellos, reciben la verdad absoluta y revelada y de quienes emana la legitimidad absoluta para todos sus actos y poderes.

Para los demócratas, esa antigualla, la única fuente del poder es el pueblo soberano, que se expresa a través del voto cuyas aguas se recogen en las urnas y se embalsan en el Parlamento donde vierten todas sus venas y corrientes. Esa es el recipiente de las libertades y ese es el aire de la democracia.

Pablo quiere ahora rodearlo y corromperlo. Por ahora, que luego, si eso, será lo de asaltarlo, al estilo de sus muy generosos “mecenas” (7,2 millones a la saca) bolivarianos hace unos días. Porque ¿como no vamos a hablar de sus maestros y discípulos al tiempo? ¿Cómo no vamos a hablar de Venezuela? ¿Acaso no eran ellos la muy bien pagada asesoría, la muy mimada “casta chavista” que les asesoraba? Ellos mismos, con otro nombre, sí, para nadie sino ellos.

La “gente” del Mesias Pablo, del sumo sacerdote Iglesias no es el Pueblo Soberano. No, en absoluto, aunque lo pretenda. La gente es tan solo “su” gente”, sus parroquianos, sus catecúmenos, sus votantes, los que creen en lo que el dice y piensan lo que les piensa. Y no crean que vale con ser algo parecido. Casi a pies juntillas o apostasía, excomunión y purga. Lleva unas cuantas.

El resto no somos “gente”, no somos pueblo, no somos siquiera personas y por tanto de hecho somos objetivamente dianas de su “guerra santa”, por ahora en twitter , donde sus tropas orcas insultan acosan, vituperan y amenazan, mientras los imanes se permiten melifluas sonrisas y alegatos de amor, flores y cariños. Pero solo para los fieles bienaventurados. El resto, da igual que sean todos los millones que quieran, son impuros, indignos, como poco, desviados, sin derechos y menos humanos. Son “fachas”, todos “fachas” sin valores, malignos, sin ética ni bondad, malignos o perversos, o engañados, ciegos que no quieren ver la luz como mínimo. Sus votos no valen, sus representantes no representan a nadie, solo sus 71 escaños cuentan, los demás, aunque los multipliquen por cuatro, no son nada y lo que decidan es ilegítimo, “mafia” y pueden, y deben, ser rodeados y coaccionados.

Si el Gobierno hubiera sido el suyo, o el que hubieran tomado prisionero, con los apaños y pactos que fuere eso hubiera sido “decente” y “licito”. El que se alumbre este fin de semana carece, según su consigna, de “legitimidad” alguna. En suma que los únicos representantes “populares” son ellos y no hay otro pueblo que sus “gentes”, las que se apropian de lo común y de la calle como si los poseyeran en exclusiva y de excluyente manera. Por eso, aunque sea el Parlamento donde esta la completa y diversa representación de toda la voluntad ciudadana ellos pueden “rodearlos” y acosarlos.

Cuando a la democracia se le colocan adjetivos calificativos, “orgánica”, la del franquismo, o “popular” o “bolivariana”, como aquellas detrás del Muro o estas de los caudillos caribeños, es simplemente para despojarse del propio sustantivo. Del principio esencial de un hombre, un voto. De que la piedra angular y primera, de su cimiento. Que sí, que luego pueden venir todas las pareces y tejados, pero sin olvidar es trascendental principio. Y eso y nada menos que eso es lo que pretende tergiversar, rodear y asaltar, cuando pueda, Pablo Iglesias: La democracia. Sin adjetivos.

Antonio Pérez Henares

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