LA GIRA

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LA GIRA

La carrera de prófugo exige tener un ánimo alzado capaz de ocultar debilidad o arrepentimiento si alguien te pregunta a dónde vas. Huir es un instinto acorde con las emociones más elementales. Requiere, además, coraje, discreción y audacia. Toda fuga es una estrategia que tiene por meta sentimental la cabaña en el bosque. Y no hay marcha atrás. Contiene, además, una hermosa épica a merced de la inspiración de los zapatos. Todo lo opuesto a lo que hace Puigdemont estos días por Bélgica: tan ruidoso, tan folclórico, tan premeditado, tan Assange de medio pelo, tan circense, tan paleto. Lo suyo es una gira de hombre de provincias que se maquea de rebelde sin fronteras intentando disimular la falta de futuro (político) que le queda por delante.

El ánimo de internacionalizar el conflicto es una memez más. Está ya amortizado. Ha salido de bolos un tipo que fuera no le importa a casi nadie. (A nadie, exactamente). Ganas de perder el tiempo y el dinero, porque esto sale de la hucha de alguien. Puigdemont está en Bruselas como un cómico de la legua, lastimando al minuto la imagen arrasada del procés. El ex president pretende hacer un Grand Tour de virutilla indepe, aunque la cosa le está quedando de malabarista de paso de cebra. Un nivelazo.

Ahora que el líder del independentismo (lo de líder es por echar una risa) abraza el “Somos del camino”, como decía el personaje interpretado por el gran José Sacristán en El viaje a ninguna parteconviene esperar a que regrese como el mozo desertor que hace la ruta inversa de las aves migratorias. Sólo falta que después de esta vuelta a la manzana tenga los huevazos de posarse en Madrid requerido por la Audiencia Nacional gritando un “Ja sóc aquí“. Como lo suelte invito a dos rondas en El Cangrejero, que es la mejor cervecería de Madrid.

Puigdemont pretende pasar a los tebeos como el unicornio que se deja serrar el cuerno. Pero sólo es un burro de noria de la segunda generación in vitro en la granja de Jordi Pujol. La que tiene de capataz a Artur Mas y de ahí degenera hasta rematar la faena en este combo belga.

La preocupación ahora es comprobar en qué estado de ánimo regresará nuestro pre prófugo de cabecera, con qué impresiones del extranjero, con qué desengaños. Lo peor de ir a Bruselas sin tener nada que hacer es la decepción que genera la primera visita al esquinazo del Manneken Pis, tan chiquito, tan prescindible, tan como él. Puigdemont no tendrá más que contarnos. Marchó para alimentar su estela de obsesión nacional y va a regresar consagrado a lo Manolita Chen. A ver, a ver.

AntonioLucas ( El Mundo )

viñeta de Linda Galmor