La hora de los sin sustancias

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La hora de los sin sustancias.

Hay que ver cómo han cambiado las cosas.

Hace unos años cuando alguien se refería a otra persona diciendo que era gentuza casi todo el mundo pensaba en un delincuente.

Posteriormente cuando se popularizaron los llamados programas del corazón y comenzaron a pasearse por los platós de las televisiones algunos personajes que vendían sus intimidades, entrevistados por periodistas que por su comportamiento no se diferenciaban mucho de los tipos y tipas con los que hablaban, el término gentuza se les empezó a aplicar a ellos.

Y ahora que algunos políticos les han tomado el relevo ha llegado el momento de definir con precisión a estos especímenes. En todas las sociedades existe la gente, la gentecilla y la gentuza, y vive Dios que son bien distintos unos de otros.

Esta clasificación ética y estética de las personas es mucho más precisa de lo que a primera vista podría parecer porque ser gente es sinónimo de dignidad y a veces de excelencia, y significa la pertenencia a un colectivo que aporta algo de valor a la sociedad.

El término gentecilla en cambio se aplica a los “sin sustancia” que generalmente son aquellas personas con vocación parásita que pululan por el mundo sin ninguna intención de aportar nada al bien común. Por lo general son inócuos: su estado de ánimo no les conduce a hacer nada, ya sea bueno o malo, y en el pecado llevan la penitencia porque la oportunidad de vivir a costa de los demás se les agota más pronto que tarde.

Cuando llega ese momento en el que ya no pueden vivir del cuento, algunos se especializan y dan el paso definitivo para convertirse en gentuza.

Este tipo de especímenes adquiere esa condición a pulso o a puro huevo porque, aunque en algunos casos lo son de nacimiento o por vocación, hay quienes se entrenan para lograr escalar puestos en el escalafón y para ello pasan a militar en alguna organización da hoc.

El único inconveniente que tiene ser gentuza es que algunas veces tienen que trabajar en favor de alguna causa violenta o coercitiva, haciendo escarches, tirando piedras, quemando contenedores o llamando fascista a quien se oponga a sus pretensiones, aunque sea la policial a la la ley les exige que proteja a los agredidos.

Aunque siempre ha habido en nuestra sociedad esos tres tipos de ciudadanos, los que hacen más ruido son los terceros porque tienen más tiempo y menos límites morales para comportarse como desalmados. Vivimos unos tiempos en los que si se es gentuza se encuentra un hueco más fácil en la política nacional.

Diego Armario

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