LA HORA DE LOS MEDIOCRES

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LA HORA DE LOS MEDIOCRES

La sociedad actual no selecciona a los peores, pero sí a los mediocres. El público lo percibe, por ejemplo, en la contemplación de los partidos políticos. De ahí la escasa estima que merecen los políticos de ahora. Se esfumó la alta consideración que tuvieron en los comienzos de la Transición. No hay más que ver y oír los debates de las Cortes o los de las llamadas primarias. Habrá que ver cómo serán las secundarias. Los prebostes de los partidos (ellos suelen llamarlos “formaciones”) repiten frases hechas, muletillas, tópicos, apreciaciones vulgares, promesas sin aludir de dónde van a sacar el dinero para proveerlas. Da la impresión de que tienen algún hermano más capacitado que ha decidido alejarse la vida pública. Repito que eso no era así hace una generación. Algo ha pasado entre medias.

Lo que ha ocurrido en los últimos 30 años, más o menos, es que la sociedad toda ha caminado hacia la mediocridad, con la excepción quizá del deporte profesional. Me basta solo con ver la lamentable evolución de la facultad universitaria donde estudié, me gradué y acabé profesando. En lugar del cultivo de la excelencia se practica una vergonzosa endogamia, un cultismo para aludir al tradicional amiguismo o el simple compadreo. Ha disminuido notablemente la cantidad y calidad de las publicaciones de los profesores de Políticas y Sociología. Ahora se puede llegar a catedrático sin haber publicado un solo libro. Basta decir que de mi facultad han salido los mandamases de Podemos.

Me temo que en muchas empresas se produzca ese mismo auge de la mediocridad. Es decir, ascienden los sumisos, no tanto los innovadores. No se busquen culpas. El problema reside en que la mentalidad de los españoles actuales castiga o aparta a las personas brillantes.

 Malo es el llamado abandono escolar, pero peor es que en la riada de los egresados cada año se encuentren profesionales que desean medrar sin currar mucho. Ese movimiento explica el éxodo de inteligencias que se está produciendo en España desde hace algunos lustros. Es decir, los jóvenes con más ganas de trabajar y aprender simplemente toman las de Villadiego. En otros países apreciarán su espíritu de superación. Con las escuelas que ahora tenemos yo también las habría abandonado, si se me permite el futurible.

Lo malo es que el mediocre no suele darse cuenta de que lo es. Al contrario, pasa por adelantado de todas las novedades y modas (ahora dicen “tendencias”) y destaca por su labia. En definitiva, se trata de un farsante, alguien que da el pego. En España se aprecia mucho tal capacidad.

El lector ilustrado quizá cavile que me refiero a la tesis de Ortega y Gasset sobre “la rebelión de las masas”. No exactamente. El mediocre es un arquetipo de suma prestancia, con extraordinaria facundia y a veces con una notoria personalidad. No es el hombre-masa. Más bien se trata de un individuo hábil para el medro personal. Se siente encumbrado por el ambiente donde se mueve y recibe solicitaciones y halagos. Eso sí, le falta grandeza de alma (megalopsijía, según el término de Pedro Laín, que fuera mi rector universitario) y elegancia moral. Hay que echarse a temblar cuando el mediocre llega a la cúspide del poder en la política, la empresa o la vida social. Entonces puede hacer mucho daño sin percatarse de ello.

Los mediocres se cultivan en el actual sistema de enseñanza, donde se prohíbe destacar. No es tanto un capricho de los profesores como de una mentalidad general que apoyan los padres de los alumnos y la gente del común. Lo que verdaderamente importa es ganar dinero como sea.

Amando de Miguel ( Libertad Digital )

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