LA JUAN CARLOS, EN LA PICOTA

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LA JUAN CARLOS, EN LA PICOTA

Tengo la impresión de que el «caso Cristina Cifuentes» terminará en «caso de los másteres en la universidad española», si no se pierde por el camino. Por lo pronto, la presidenta de la Comunidad de Madrid se les escapó viva a los cazadores tras ella en su Asamblea, convencidos de que llevaba plomo en las alas. La conocían mal. Cifuentes les plantó cara, aclarando algunos de los puntos oscuros de su famoso máster de Derecho Público del Estado Autonómico, como por qué se matriculó fuera de plazo y por qué apenas asistió a las clases, como ocurrió a otros alumnos con permiso oficial, presentando certificados de ello.

Mientras sus críticos no ofrecieron ni una prueba más de las ya ofrecidas por el periódico digital que destapó el caso. Violando la norma jurídica de que es el acusador quien tiene que demostrar la culpabilidad del acusado, no el acusado quien tiene que demostrar su inocencia. Claro que vayan ustedes con normas jurídicas a los políticos españoles cuando tienen un rival a tiro.

En cuanto a su trabajo fin del máster, Cifuentes dice haberlo extraviado en sus mudanzas de domicilio, pero autoriza a la universidad a publicarlo. Con lo que el balón se va al tejado de la Universidad Rey Juan Carlos, que ha abierto una investigación sobre el caso, en colaboración con dos profesores de otros claustros como supervisores. Allí ocurrieron los hechos, allí están los profesores del curso, allí se han expedido los certificados cuestionados y donde tendrá que dilucidarse si hubo falta, falsificación o delito. No en una cámara política convertida en tiro de pichón. Un mínimo de prudencia aconsejaba esperar a que la investigación terminase, pero con las próximas elecciones a la vista, algunos y algunas no pudieron resistir las prisas.

Que las jóvenes de Podemos pidieran la dimisión ipso facto de la presidenta no debe extrañar: les va la marcha y la condena sin juicio. Pero choca que se les uniera Ángel Gabilondo, tenido por juicioso y mesurado, planteando nada menos que una moción de censura, sin esperar al dictamen universitario. Puede que su aire abacial esconda la ambición del que se dice «ahora o nunca», aunque capacidad de gobernante no ha tenido ocasión de mostrar y sus dotes tanto oratorias como intelectuales, al menos en un breviario de reflexiones que me regalaron hace años, brillan por su ausencia. Otro Tierno Galván, desde luego, no es.

José María Carrascal ( ABC )