LA LIBERTAD DE SER UN FANTOCHE

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LA LIBERTAD DE SER UN FANTOCHE

La libertad está volviendo a pasar de moda. Hoy se ha convertido es una especie de antigualla propia de personas a quienes se llama con desprecio «viejunos». Hubo un tiempo, cada vez más lejano por lo que se ve, en el que la gente llegó a morir por lo que consideraba el bien más preciado. Y no es necesario remontarse a la Ilustración. En España, hasta anteayer como quien dice, la recuperación de las libertades sometidas por los diversos antiguos regímenes fue el motor de varias generaciones que hoy, espantadas, asisten a un regreso al prohibido no prohibir.

Los dictados totalitarios se difunden como una plasta podrida y fétida por las redes sociales y ya puede uno opinar sobre lo correcto o incorrecto que le parezca la propagación del mensaje de un autobús o lo decoroso o indecoroso que resulte una «drag queen» vestida con santificados atuendos que serán impunemente perseguidos sin piedad. La inquisición está de vuelta. La diferencia de creencias y pareceres no se argumentan en estos tiempos sino que se escupen y defecan con fruición sin ni siquiera considerar aquella salvífica advertencia del «agua va». Son sin duda tiempos oscuros para la democracia, entre cuyos pilares esenciales se encuentra la libertad de expresión. El límite, sobraría decirlo, es la ley.

Y para eso están los jueces, por mucho que las asociaciones, plataformas o las voces anónimas en las redes sociales amedrenten o amenacen con el desconocimiento de en qué consiste una democracia. Hace uno días, la dirigencia de Podemos visitó en la cárcel de Jaén al preso común Andrés Bódalo. Ni él ni sus adalides no merece un linchamiento como los que la horda bolivariana inflige a los discrepantes. Pero los opinantes sí somos libres de llamar fantoche a quien perpetra fantochadas de antología.

Lucas Haurie

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