LA LLUVIA, PUES CLARO

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LA LLUVIA, PUES CLARO

La estabilidad política española del momento no es una Arcadia feliz, como parece que gustaría a una parte acomodada de la derecha sociológica. Tampoco cuenta con la emoción de los grandes expresos democráticos europeos, ni cada noche se descuelga un intrépido periodista por las tajeas del Estado con un «Watergate». Todo es más prosaico. En parte, porque cuando la democracia madura los mitos se alejan y la cercanía desmonta las leyendas que tanto seducen a los diletantes.

La España de hoy, efectivamente, no está gobernada por Trump ni negocia su salida de la UE como Reino Unido. Tampoco Urdangarín logrará que se liquide su caso como Christine Lagarde. Ni siquiera hay amago de que la extrema derecha emerja como en Francia u Holanda. Somos un país razonablemente estable, máxime si nos comparamos con algunos vecinos. Arrastramos ese trágico sentimiento de inferioridad, fruto de una mala racionalización de nuestra Historia. Por eso no entendemos que la lluvia es fundamental para el sistema hidroeléctrico español y nos encanta equivocarnos y flagelarnos, mientras vituperamos nuestras virtudes.

El Astrolabio ABC

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