La onomatopeya del gruñido

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La onomatopeya del gruñido.

El tic tac presidencial de Trump empezó a correr en El aprendiz, un reality show de la cadena NBC en el que cualquier cenicienta de lejía, peón albañil, camarera o mozo de almacén podía creerse un elegido y tocar con la punta de los dedos la gelatina del sueño americano. El show consistía en que 16 concursantes tendrían que consumar diferentes misiones, desde poner en marcha un negocio, jugándose el tipo, en un barrio marginal de “alto riesgo”, a echar a andar un cromado carrito rodante de hot dogs y conseguir plusvalías aderezadas con mostaza y cebolla caramelizada. Emular al magnate e inspirándose en su manera de hacer business, en su visión empresarial, convertirse en caballo ganador, bróker de telerrealidad y sentarse, con un sueldo de seis dígitos, en un sillón de copresidente en alguna de las divisiones de la Trump Organization durante un año. Tuvo audiencias millonarias y el flequillo amarillo se convirtió en icono, en marca viral de éxito.

El sueño de la televisión produce monstruos. El resto es historia escrita en negrita de titulares populistas, esputos de intolerancia y troglodita machismo ario.Doce años han transcurrido desde que Donald Trump puso el primer ladrillo de su nominal muro de la vergüenza en prime time y en este momento, como anticiparon, cenizos, los Simpson de limón y Michael Moore, prepara ante millones de ojos perplejos su entrada triunfal por la puerta cóncava del Despacho Oval para acariciar el teléfono rojo, con la mirada psicópata del Doctor Strangelove.

Entre tanto, la Clinton, lamiéndose sus oligárquicas heridas, intenta recomponer su maltrecho orgullo de clase alta. Es duro perder unas elecciones, pero, remota Hillary, glacial Hillary, hacerlo, para más INRI, contra un televisivo volatinero populista, prototipo arrogante del self-made man es de cortarse las venas con un pedazo del espejo retrovisor de tu limusina y, con “lamentable ocasión perdida de tener una Tía Sam” escrito en una etiqueta atada al dedo gordo del pie, acompañar, salvando las distancias, a más de un congresista republicano pureta, también suicida, en la cámara frigorífica de la morgue.

Millones de ánimos en suspenso aguardan, contritos, la electoralmente cacareada transformación del acaudalado magnate de corbatas rojas. A la manera de Bruce Banner, el Doctor Jekyll imaginado por el fecundo guionista Stan Lee, Trump amenaza con transfigurarse también en un monstruoso ser de piel color verde sapo, que salta con grandes zancadas, asilvestrado, fuera de control y en desgarrado pantalón bermudas, marcando paquete. Si bien y no exactamente por las páginas fantásticas de un cómic de la Marvel. Bipolar míster Hide figurado de líneas de grafito y onomatopeyas de mucho músculo y poco cerebro, dicotomía eterna del bien y el mal, ahora con repeinado flequillo color mostaza de hot dog.

Julio Rey ( El Mundo )

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