LA PRIMERA GRAN DERROTA

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LA PRIMERA GRAN DERROTA

El independentismo experimentó ayer su primera gran derrota. En su pretendida épica contra España fracasó por la asombrosa cobardía de sus comparecientes.

Aglomeraciones populistas en la calle y chulería patriotera entre la turba. Pero reconocieron al tribunal español que les juzgaba y aceptaron las normas y leyes igualmente españolas; y su defensa no fue proclamar el orgullo del desobediente, sino la cobardía de decir que ellos no sabían nada y que todo lo habían hecho los voluntarios.

Vivir es pagar el precio y un hombre sólo es creíble cuando asume el precio de lo que hace y dice. Un hombre sólo es creíble cuando paga. Artur Mas, negando ante los tribunales el referendo que hacía un instante había exhibido en la calle como la gran obra de su vida, no sólo renunció a su dignidad sino que rebajó la dignidad de todo el proceso soberanista. Diez años de inhabilitación y 36.000 euros de multa son un plato de lentejas, y ni ésas lentejas quisieron pagar los que luego a su pueblo le reclaman heroicidades.

Si así se doblegan ante una amenaza menor, no sé dónde correrán a esconderse si algún día se les juzga por sedición.

De todos modos, y aunque parezca mentira, el enemigo a batir de Mas no era ayer la justicia española, o el Gobierno del presidente Rajoy, ni más simbólicamente el Estado. Era todo mucho más lugareño, cainita y provinciano. El enemigo a batir de Mas era Junqueras, al que le pidieron que no desfilara en la primera línea de la manifestación bajo un absurdo pretexto protocolario.

Mas nunca ha sido independentista, ni ha tenido ninguna intención de pagar ningún precio para conseguir la independencia, ni es un héroe ni un mártir de nada ni de nadie.

Lo único que quiere Mas es parecer un poco más independentista que Junqueras para continuar siendo presidente de la muy española y autonómica Generalitat.

Salvador Sostres ( ABC )

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